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¿Son Todas las Personas Divorciadas Elegibles para Casarse Otra vez?
por Dave Miller, Ph.D.

La civilización norteamericana está experimentando un decaimiento moral significativo. Los “valores norteamericanos tradicionales”, i.e., los valores que fueron obtenidos de la Biblia, están siendo olvidados por una porción considerable de la ciudadanía nacional. Este deterioro espiritual y social es más evidente en la crisis y desintegración de la familia. Los índices de divorcio han escalado niveles más altos consistentemente. La relación del matrimonio ya no demanda el mismo respeto que una vez demandó. Esta institución ordenada-por-Dios y proyectada originalmente para ser considerada con honor y santidad, ha sido socavada y degradada significativamente.

La respuesta religiosa a esta situación ha sido generalmente complaciente, ya que muchos en la iglesia tienen familiares que son afectados adversamente por el divorcio. Muchos religiosos han sido intimidados por dos factores: (1) las cifras grandes de personas divorciadas; y (2) el trauma emocional asociado con el divorcio. Al “reconsiderar” su entendimiento de la enseñanza bíblica, ellos han decidido suavizar los estándares altos que Dios impuso. Los puntos de vista que son disponibles ahora para aquellos que desean justificar sus decisiones maritales son incontables.

La enseñanza clara de la Biblia es que Dios quiere que el matrimonio sea entre un hombre y una mujer y por toda la vida (Génesis 2:24; Mateo 19:4-6). La única excepción de esta premisa fundacional fue articulada por Jesús cuando dijo que a una persona se le permite divorciarse del cónyuge original solamente por la razón específica de la infidelidad sexual de ese cónyuge. Entonces, y solo entonces, la parte inocente puede formar un nuevo matrimonio con un compañero elegible (Mateo 19:9). Consecuentemente, la idea principal de la Escritura en cuanto al matrimonio es que “Dios odia el repudio” (Malaquías 2:16). De hecho, Él lo permite solamente en un caso específico.

Esta aversión divina hace referencia específicamente al divorcio que ocurre entre dos personas que están casadas escrituralmente. Los hombres y mujeres que se casan por primera vez en su juventud deben permanecer juntos. Dios no quiere que el primer matrimonio se disuelva. Él detesta que las parejas disuelvan no-escrituralmente su matrimonio escritural. El divorcio no-escritural es la clase de divorcio que Dios detesta.

No obstante, no todo divorcio es contrario a la voluntad de Dios. Jesús dijo que un individuo tiene permiso para divorciarse del cónyuge que comete fornicación (Mateo 19:9). Así que el divorcio para el cónyuge inocente no es pecaminoso. En el tiempo de Esdras, los judíos exiliados habían formados matrimonios ilícitos y se les requirió cortar tales relaciones (Esdras 10:3,11). En ese caso el divorcio tampoco fue pecaminoso. Juan el bautista informó a Herodes que al casarse con Herodías, estaba pecando, y debía disolver el matrimonio (Marcos 6:17,18). El divorcio en ese caso no era pecaminoso. Cuando Pablo identificó a varios cristianos corintios como habiendo sido adúlteros (1 Corintios 6:9-11), el repudio (i.e., divorcio) que hubiera sido necesario para terminar con su adulterio para ser “lavados” y “santificados” (1 Corintios 6:11) no hubiera sido pecaminoso. (El mismo principio se hubiera aplicado igualmente a todas las otras formas de fornicación mencionadas en el contexto—incluyendo la homosexualidad). Estos ejemplos escriturales muestran que no todo divorcio es malo delante de los ojos de Dios.

Por otra parte, muchos de los divorcios realizados actualmente son contrarios a la voluntad de Dios. Las personas que se divorcian de su cónyuge escritural por cualquier razón, excepto por fornicación, pecan. ¡Ellos pecan cuando se divorcian! Ellos pecan en por lo menos dos puntos. Primero, pecan porque se divorciaron por cualquier razón diferente a la fornicación. Segundo, pecan porque violaron los votos que hicieron cuando se casaron (i.e., “hasta que la muerte nos separe”).

En esta condición de divorcio (i.e., habiéndose divorciado por cualquier razón que no sea fornicación), la persona se coloca a sí misma en un nuevo apuro que viene a causa de restricciones divinas adicionales. Pablo señaló estas restricciones en 1 Corintios 7:10,11, donde insistió que las parejas casadas escrituralmente no deben divorciarse. Sin embargo, si su matrimonio se rompiera no-escrituralmente, ambos deberían permanecer sin casarse. Algunos sienten que este versículo no hace referencia a un divorcio técnico sino simplemente a una separación. De cualquier manera, su ruptura (sea por separación o divorcio) es contrario a la voluntad de Dios, y ninguno de los dos es elegible para casarse con alguien más.

A la gente se le permite participar en el matrimonio solamente a la medida en que Dios les dice que son elegibles para participar. El escritor de Hebreos insistió que el matrimonio (y la relación sexual que acompaña al matrimonio) debe ser tomado honrosamente—i.e., en armonía con las regulaciones de Dios. Comprometerse en un matrimonio (y en las relaciones sexuales que acompañan al matrimonio) fuera de la armonía de las regulaciones de Dios es ser culpable de fornicación y adulterio (Hebreos 13:4). Fornicación, por definición, hace referencia a las relaciones sexuales ilícitas. El adulterio es un tipo de fornicación y hace referencia a las relaciones sexuales entre un hombre y una mujer, en la cual a lo menos uno de ellos tiene responsabilidades maritales anteriores. Adulterio, por definición, deriva su significado según las conexiones maritales antecedentes de una persona.

Una persona no necesita ser casada para agradar a Dios e ir al cielo. Todo lo que una persona necesita ser es un cristiano. Él no necesita ser un anciano, diácono o un predicador. Él o ella no necesitan ser padres o madres. Estas son relaciones y roles que Dios diseñó para ayudar a los seres humanos. Sin embargo, no todos califican para llenar estos roles, y la gente puede ir al cielo sin nunca ocupar estos roles. Este es el mismo caso con el matrimonio. Toda persona debe llenar los prerrequisitos designados por Dios antes que el matrimonio sea considerado honroso. En ningún sitio Dios promete a alguien el acceso ilimitado a la relación del matrimonio.

Entonces, note que en vista de las regulaciones de Dios, tres categorías de personas divorciadas no son elegibles para casarse una vez más: (1) la persona que cometió fornicación y a quién su cónyuge la divorció por ese acto (Mateo 19:9a); (2) la persona que se divorció no-escrituralmente (i.e., repudiada por alguna razón diferente a la fornicación) [Mateo 19:9b]; y (3) la persona que fue abandonada por un esposo no creyente (1 Corintios 7:12-15). En estos tres casos, la persona divorciada no es elegible para casarse otra vez. Declarando el asunto completo positivamente, la única persona divorciada que es elegible delante de los ojos de Dios para casarse otra vez (mientras que el compañero antiguo está todavía en vida—Romanos 7:3) es la persona que se divorció de su cónyuge original a causa de la infidelidad sexual de ese cónyuge.

Muchas personas sienten que tales limitaciones estrictas están fuera de la armonía de la gracia, amor y perdón de Dios. Ellos creen que tales estándares altos hacen del divorcio el “pecado imperdonable”. Pero este no es el caso. La gente puede ser perdonada de sus errores en cuanto al divorcio y segundas nupcias. El perdón no es el punto. El punto es: ¿pueden ellos permanecer en cualquier relación matrimonial que escojan? ¿Pueden pecar de tal manera que pierdan el derecho a participar en una relación matrimonial futura? Jesús dio respuestas claras a estas preguntas en Mateo 19:1-12. Todas las personas que se divorcian de sus cónyuges escriturales por cualquier razón diferente a la fornicación cometen adulterio cuando se casan otra vez.

No obstante, ¿tenemos alguna indicación en algún lugar de la Escritura de que las personas pueden pecar de tal manera que pueden perder su privilegio de participar en un estado, condición o relación que previamente disfrutaban—incluso cuando pueden ser perdonados? En realidad, ¡la Biblia está repleta de tales casos! Adán y Eva quebrantaron la palabra de Dios y fueron responsables de introducir el pecado al mundo. Una consecuencia de su pecado fue ser expulsados del Edén. ¿Podían ser perdonados? ¡Sí! ¿Podían regresar al huerto? ¡No! Su expulsión era permanente. Ellos pecaron de tal manera que perdieron su privilegio de disfrutar su estado anterior.

Esaú fue culpable de profanidad cuando vendió su progenitura (Hebreos 12:16). ¿Podía ser perdonado? ¡Sí! ¿Podía recuperar su progenitura? No, ¡“aunque procuró con lágrimas” (Hebreos 12:17)!

Prácticamente toda la población adulta de la nación de Israel pecó cuando rechazó obedecer a Dios para proceder con el ataque militar a la tierra de Canaán (Números 14:11,12). ¿Podían ser perdonados? Sí, y lo fueron (Números 14:19,20). ¿Se les permitió entonces entrar a la Tierra Prometida? ¡Absolutamente no! Ellos fueron destinados a vagar en el desierto por cuarenta años (Números 14:33,34).

Moises dejó que la queja incesante de la nación encomendada en sus manos le guiara a desobedecer en una ocasión (Números 20:7-12). ¿Podía Moisés ser perdonado? ¡Sí! ¡En el cielo, cantaremos la canción de Moisés y el Cordero (Apocalipsis 15:3)! Pero ¿se le permitió a Moisés entrar a la Tierra Prometida? No. A él se le prohibió tal privilegio debido a su propia elección pecaminosa (Deuteronomio 32:51,52).

Elí fracasó en dirigir a su familia adecuadamente, y por ende acarreó sobre sí mismo tragedias perdurables (1 Samuel 3:11-14). Aunque Saúl reconoció su propio pecado, su desobediencia provocó el rechazó permanente de Dios hacia él como rey (1 Samuel 15:11,23,26,28). El pecado de David, aunque fue perdonado, trajo varias consecuencias negativas que no podían ser alteradas (2 Samuel 12:11-14). El pecado de Salomón dio como resultado calamidades personales y la división de la nación (1 Reyes 11-12).

Estos ejemplos bíblicos demuestran que el pecado produce consecuencias duraderas, independientemente de la disponibilidad de la gracia y el perdón de Dios. Una de las cosas más enfatizadas en la Biblia es el hecho que la gente no puede pecar y luego esperar tener las cosas de la manera que fueron antes. Muy a menudo, el sufrimiento viene sobre aquellos que violan la voluntad de Dios, haciendo imposible que ellos gocen de privilegios pasados—aunque pueden ser perdonados y tener la esperanza del cielo.

Mucha gente siente que Dios sería despiadado, injusto y demasiado cruel si no permitiera que la gente divorciada no-escrituralmente y casada nuevamente permaneciera junta. Indudablemente, esta misma gente sentiría que Dios fue injusto con Adán y Eva por echarlos del huerto, ¡haciendo imposible que ellos disfrutaran de la condición que una vez mantuvieron! ¡Eso significaría que Dios fue injusto y cruel con los israelitas y con Moisés! Tal pensamiento revela una comprensión errónea y no-escritural de la naturaleza y persona de Dios. Esto refleja la incapacidad de poseer un temor sano delante de Dios (Éxodo 20:5; Eclesiastés 12:13,14; Lucas 12:5; 2 Tesalonicenses 1:8,9; Hebreos 10:31; 12:29; Apocalipsis 6:16,17).

Dios elevó la relación matrimonial a un nivel alto cuando, al principio de la historia humana, estableció los estándares estrictos que gobiernan el matrimonio (Génesis 2:24; Mateo 19:4-6). Aparentemente muchos sienten que tienen el derecho de casarse a pesar de su conducta previa. Ellos sienten que los estándares altos de Dios deben ser ajustados para que puedan ejercer su “derecho”. Sin embargo, la Biblia enseña que la institución del matrimonio fue fundada por Dios para proveer cohesión y orientación en la vida. A diferencia de nuestro matrimonio espiritual (i.e., con Cristo) que continuará por la eternidad, el matrimonio humano es solamente para esta vida (Mateo 22:30). Por tanto, el matrimonio no es un derecho; es un privilegio. La gente se debe adherir a las reglas matrimoniales de Dios para que el matrimonio cumpla su propósito terrenal. La incapacidad de acatarse neutraliza la habilidad que la institución matrimonial tiene para hacer lo que fue diseñada a hacer. La incapacidad para acatarse a las directrices de Dios causa que perdamos nuestra oportunidad de participar en esta institución. Debemos recordar: el Padre sabe lo que es mejor.




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