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El Fracaso de No Calcular el Gran Precio de Abandonar la Fe
por Bert Thompson, Ph.D.
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“De todas las palabras tristes de la lengua o la pluma, las más tristes son estas: ‘Pudo haber sido’”. —John Greenleaf Whittier

INTRODUCCIÓN

Mientras caminamos a través de esta peregrinación que llamamos vida, cada uno de nosotros enfrenta oportunidades y retos que requieren no solamente previsión y decisión, sino compromiso y dedicación. A veces pensamos cuidadosamente, escogemos sabiamente y actuamos enérgicamente. A veces no lo hacemos.

Aunque es verdad que existen situaciones en las cuales un fracaso personal puede ser el resultado de circunstancias más allá de nuestro control, a menudo la responsabilidad del fracaso yace solamente dentro del individuo. Parece ser una parte de la naturaleza humana que sintamos lastima de la persona que trabaja duro, da lo mejor y todavía falla. Pero es también una parte de la naturaleza humana que menospreciemos a la persona que—en el calor de la batalla—simplemente renuncia, se da por vencida y huye. Esa persona nunca experimentará el dulce sabor de la victoria, el gozo del éxito o el orgullo innato de haber dado su todo. Verdaderamente, las palabras más tristes son estas: “Pudo haber sido”.

En ningún aspecto de la vida la verdad de este adagio es más evidente que en nuestra relación con nuestro Dios. Y en ningún otro aspecto el fracaso es más trágico, o los resultados son más permanentes. Dentro de las páginas del Antiguo y el Nuevo Testamento existen numerosos relatos de gente—o naciones—que simplemente renunciaron, se dieron por vencidos y negaron su fe y a su Dios. Los resultados casi siempre fueron desastrosos para ellos de una manera personal. Pero el hecho más triste fue el efecto que la pérdida personal de su fe tuvo sobre sus familias, amigos, prójimos e incluso generaciones futuras. Es una verdad simple que muchos que abandonan la fe no calculan el gran precio de hacerlo.

Toda persona familiarizada con el Antiguo Testamento es conciente que uno de sus temas centrales es los resultados catastróficos de la apostasía espiritual. Desde el comienzo de Génesis hasta el final de Malaquías, la advertencia del Cielo fue esta: la fidelidad traerá vida espiritual y las bendiciones de Dios, mientras que la infidelidad traerá muerte espiritual y la ira de Dios. Ezequiel escribió: “Apartándose el justo de su justicia, y haciendo iniquidad, él morirá por ello; por la iniquidad que hizo, morirá” (18:26).

Moisés frecuentemente advirtió a los israelitas de los efectos terribles de la apostasía (vea Deuteronomio 4:9; 8:11-14; 28:62). Dios estaba dispuesto a ayudarles a poseer la tierra de Canaán (Éxodo 23:30; Deuteronomio 10:22). Pero más de una vez sus pecados cambiaron las bendiciones que Dios prometió. Finalmente su apostasía causó que Dios permitiera que fueran dispersados. De hecho, ninguna nación ha sido tan dispersada como ellos. Los asirios capturaron y tomaron el reino del norte alrededor de 722 a.C. Esta gente nunca regresó a Israel como un grupo, y finalmente fue esparcida alrededor del mundo. Los babilonios tomaron cautivo al reino del sur, Judá, y aunque muchos fueron exiliados, solamente un remanente regresó 70 años después.

Ciertamente, el pueblo de Dios había fracasado en calcular el gran precio de abandonar la fe. Ese fracaso incluso afectó a generaciones todavía no-nacidas. Moisés y los otros profetas entendieron lo que muchos del pueblo no entendieron: es importante obedecer ya que esta es la única manera de demostrar nuestra fe (Santiago 2:18); sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6); y sin obediencia, no existe fe.

En el Nuevo Testamento, la historia es la misma. Durante Su ministerio en la Tierra, Jesús indicó que algunos se apartarían de la fe a causa de la tentación (Lucas 8:13), e incluso señaló que algunos pámpanos [discípulos] serían quitados de la vid [Cristo] y quemados (Juan 15:1-6). En efecto, sabemos que algunos cristianos antiguos abandonaron su fe. El apóstol Pablo observó que Demas le había desamparado y había abandonado su fe, “amando a este mundo” (2 Timoteo 4:10). Algunos abandonaron el cristianismo, regresando al judaísmo, y así “cayeron de la gracia” (Hebreos 6:4-6; Gálatas 5:4). De hecho, se profetizó que ocurriría una gran apostasía antes de la Segunda Venida de Cristo (2 Tesalonicenses 2:1-12; cf. 1 Timoteo 4:1et.seq., 2 Timoteo 4:1et.seq.).

¿POR QUÉ LOS CRISTIANOS ABANDONAN LA FE?

Si fuera posible clasificar las razones por las cuales los cristianos abandonan la fe, la lista sería muy larga. Sin embargo, entre aquellas razones probablemente se encontrarían las siguientes.

Primero, algunos se apartan porque descuidan su propio bienestar espiritual. Las Escrituras declaran el hecho que a los cristianos se les ha provisto una “salvación tan grande” que no se debería descuidar (Hebreos 2:3). Cuando una persona obedece lo que la Biblia le manda hacer para ser salvo, entra al reino (la iglesia)—de la misma manera que un recién nacido entra a una familia terrenal, i.e., con la necesidad de leche para su mantenimiento, y cuidado cariñoso para su supervivencia. El apóstol Pedro habló de tales personas como “recién nacidos” que debían “desea[r] la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezca[n] para salvación” (1 Pedro 2:2). Pablo habló de aquellos a quienes él había alimentado espiritualmente “con leche, no con carne”, porque todavía no estaban listos para eso (1 Corintios 3:2). Pero de la misma manera que el niño recién nacido crece hasta convertirse en un adulto, los cristianos deben madurar en su fe. Pedro observó que una de las responsabilidades del hijo de Dios fiel es “crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18). Existen aquellos que nunca pensarían en descuidar sus necesidades físicas como la alimentación y el descanso, pero que sin embargo no tuvieran problema en descuidar sus necesidades espirituales. Ellos no asisten a los servicios de adoración regularmente (Hebreos 10:24-25). No se esfuerzan en cultivar los hábitos personales de estudio y meditación diligente (2 Timoteo 2:15). E ignoran los mandamientos bíblicos de ayudar en la salvación de otros y por ende llevar fruto como cristianos (Juan 15:1-10; Romanos 7:4). Como resultado, crecen sin mostrar interés en asuntos espirituales, y finalmente se descarrían completamente.

Segundo, algunos abandonan la fe a causa de la persecución. En Su parábola del sembrador (Mateo 13), el Señor señaló que en ocasiones una persona “resiste por un tiempo; pero que al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza” (vs. 21). En Lucas 14:27-32, Cristo proveyó varios ejemplos que tenían el propósito de enfatizar la importancia de evaluar el precio del discipulado. Sin duda algunos son atraídos al cristianismo a causa de la “vida abundante” que garantiza en el presente (Juan 10:10b) y la promesa de una vida eterna con Dios en el futuro (Juan 3:16). No obstante, no se dan cuenta que “todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Timoteo 3:12). Cuando la persecución comienza—de parte de la familia, los amigos o el mundo—su fe llega a ser como la semilla que cayó en pedregales, donde no había mucha tierra, que brotó pronto, pero que murió al salir el Sol.

Tercero, algunos abandonan la fe porque caen presos de la enseñanza falsa. Los cristianos fieles prestarán atención a lo que escuchan (Lucas 8:18), y serán cuidadosos en comparar todo lo que oyen con la Palabra de Dios (Hechos 17:11). En Mateo 22:23-33, Cristo reprendió a los saduceos a causa de su ignorancia de la Palabra de Dios, y atribuyó sus errores múltiples a tal ignorancia. En 1 Timoteo 4:1et.seq. y 2 Timoteo 4:1et.seq., Pablo predijo de un tiempo en que algunos apostatarían de la fe ya que sucumbirían a la doctrina de falsos maestros (cf. 1 Juan 4:1). En este tiempo en el cual existe un grupo religioso diferente prácticamente en cada esquina de las calles, y un tele-evangelista diferente prácticamente en cada canal de televisión, es fácil ser víctimas de doctrinas humanas que están en desacuerdo con la Palabra de Dios. Tales doctrinas han esclavizado a muchos, y han causado que pierdan sus almas.

Cuarto, no se puede negar que muchos han abandonado la fe a causa del sufrimiento en sus vidas o en las vidas de aquellos que conocen y aman. Tristemente, hoy no habitamos en un mundo que nos recuerde al Huerto del Edén; en cambio, vivimos en un mundo devastado por los efectos del pecado del hombre (Génesis 3:16et.seq.; Romanos 5:12; 8:20et.seq.). Los desastres naturales tales como terremotos, huracanes y tornados que afectan desastrosamente la propiedad y la vida humana plagan al planeta Tierra. La lista creciente de enfermedades tales como el cáncer, ataques cardiacos y la enfermedad de Alzheimer asola nuestros cuerpos y mentes. Los cristianos no son inmunes a tales situaciones. Cristo observó en el Sermón del Monte que Dios “hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45). Las Escrituras enseñan que aunque somos los receptores de muchas bendiciones, también somos afligidos por calamidades de vez en cuando. Uno de los mensajes del libro de Job es que Jehová no siempre protege a Su pueblo de las tragedias.

Mientras terminaba su Sermón del Monte, Cristo contó una parábola de dos hombres, uno a quien calificó como sabio por construir su casa sobre la roca, y otro a quien calificó como insensato por construir su casa sobre la arena (Mateo 7:24-27). El punto del Señor fue doble: (1) las pruebas y las tribulaciones vendrán; y (2) para que la fe permanezca firme, debe estar fundada en la Palabra de Dios. Algunas veces las pruebas y tribulaciones son desastres literales tales como aquellos de los que Cristo habló en Su parábola—inundaciones, tormentas y lluvias. Sin embargo, algunas veces las pruebas y tribulaciones son ataques mentales o espirituales contra nuestra fe que llegan en forma de persecución, los efectos de la enfermedad de una persona querida o la muerte de un miembro de la familia. Desafortunadamente, en ocasiones tales ataques causan que el cristiano se pregunte en cuanto a la benevolencia y omnipotencia de Dios. Sus emociones se mezclan, y las semillas de duda comienzan a brotar, llegando a florecer completamente hasta reemplazar lo que una vez fue una fe fuerte y viva. La fidelidad se torna en infidelidad, y un alma se pierde.

De seguro, existen otras razones por las cuales los cristianos abandonan la fe. Algunos ponen su confianza en los hombres, y luego se dan cuenta que aquellos en quienes confían también tienen un “talón de Aquiles”. Algunos se apartan porque no tienen una dieta constante de compañerismo con otros cristianos, y su asociación con el mundo en la vida cotidiana causa que su compromiso con Dios mengue. Algunos pierden su fe a causa de las acciones de amigos cristianos que pueden tener buenas intenciones, pero que actúan ásperamente o inadecuadamente. La fe joven de más de un alma ha sido impactada negativamente a causa de un “santo” insensible sin tacto que pretende estar defendiendo la fe y corrigiendo el error. Sin tomar en cuenta la razón o razones, el caso sigue siendo que mientras están en su camino al cielo, algunos cristianos desvían su mirada de la meta, llegan a ser indiferentes y desinteresados, y terminan abandonando su fe completamente. Pero ¿a qué precio?

EL GRAN PRECIO DE ABANDONAR LA FE

En Romanos 12:2, Pablo advirtió: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Lo cierto es que algunos cristianos abandonan la fe y otra vez son “conformados a este siglo”. Una vez fueron salvos, pero escogieron renunciar a los tesoros del cielo para recibir una porción de potaje terrenal. ¡Qué negocio tan insensato—y a qué precio tan terrible! Los que hacen tal negocio no han calculado el gran precio de abandonar la fe.

El Costo para el Mismo Individuo

Al hablar de la apostasía de ciertos cristianos, Pedro lamentó:

Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno (2 Pedro 2:20-22).

El apóstol presenta una descripción intensa del estado final de aquellos que abandonan la fe. La observación de Pedro de que “su postrer estado viene a ser peor que el primero” es muy apropiada. Piense en la carga de culpabilidad que les seguirá todos los días de sus vidas. Estas fueron personas que una vez conocieron la paz de la salvación, entendieron la promesa de la vida eterna y gozaron de la comunión con otros santos. Pero ahora todo eso se ha esfumado. Ellos han renunciado libremente a estas cosas, y por ende las han reemplazado por el conocimiento de pasar una eternidad en la ausencia de Dios en un infierno eterno (2 Pedro 2:4; Apocalipsis 21:8).

En momentos más privados, mientras se sienta silenciosamente en la banca de un parque en un día hermoso de primavera, o mira melancólicamente por la abertura de la ventana de su casa la lluvia tierna que cae del cielo, ¿no se desvanecerá su paz íntima al meditar en lo que sabe que debe hacer pero rechaza hacer? ¿No recordará pasajes tales como Santiago 4:17: “Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado”? ¿No recordará el enunciado de Pablo en Filipenses 2:10-11 que “en el nombre de Jesús toda rodilla se doblará...y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios padre”? Mientras que su apariencia externa pueda exhibir una actitud de indiferencia ante su presente estado espiritual, su ser interior puede languidecer a causa del conocimiento de que una vez fue salvo, pero ahora está perdido.

El Costo para las Familias

En Romanos 14:7, Pablo comentó sobre la condición humana cuando anotó que “ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí”. Desde el comienzo de nuestra peregrinación, interactuamos socialmente con aquellos alrededor nuestro. Generalmente nos casamos, engendramos niños y los criamos. Y aunque deseemos que no fuera así, la realidad es que nuestras decisiones y acciones afectan inevitablemente a aquellos a quienes amamos más. Especialmente esto es cierto en el contexto espiritual. Pedro señaló que la conducta sin palabras de una esposa piadosa puede traer a su esposo al Señor. “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa” (1 Pedro 3:1-2). Qué pensamiento tan alentador—que una persona, a través de su comportamiento amable y temor reverente a Dios, finalmente pueda influenciar a un pecador para aceptar la salvación.

Pero ¿cuál es la implicación de esto? Si la fidelidad produce tales resultados maravillosos, ¿qué puede producir la infidelidad? Considere a un joven que crece, llega a ser cristiano y se casa con una mujer cristiana con la cual tiene dos hijos. Durante los años influenciables de sus hijos, la pareja llega a ser indiferente en cuanto a los asuntos espirituales, y finalmente abandona la fe. Los años pasan. Luego, a causa de la motivación de un amigo, la pareja asiste a una reunión evangelística. El mensaje toca el corazón del esposo y la esposa, y ellos se arrepienten de años de apatía espiritual. Ellos piden perdón, y Dios y sus compañeros cristianos les perdonan. Ellos entonces comienzan su vida cristiana nuevamente.

Pero ¿qué hay de sus hijos quienes por años presenciaron la indeferencia insensible de sus padres ante los asuntos espirituales, cuyos padres raras veces adoraban a Dios o asistían a una clase bíblica, y cuyos padres tenían un conocimiento bíblico que incluso no llenaría un dedal de coser. Durante los años que ellos deberían haber estado recibiendo instrucción espiritual en el hogar, sus padres no eran incluso capaces de sostener su propia fe, mucho menos impartir esa fe a su descendencia.

Sus padres han regresado a Dios, pero la experiencia nos dice que sus hijos probablemente nunca lo harán. A causa de la infidelidad de los padres en un tiempo crítico en las vidas de sus hijos, se ha perdido para siempre la oportunidad de impartir una fe activa y viva en aquellos hijos. Entonces, ¿qué pasará de los nietos o bisnietos de esa pareja? Sin duda, se los criará en la misma atmósfera de indiferencia, apatía o incredulidad total. Por ende, a causa de padres que fracasan en evaluar el gran precio de abandonar la fe, se ha influenciado negativamente la condición espiritual de no solamente una generación, sino varias generaciones.

El Costo para la Iglesia

En ocasiones, la familia espiritual (i.e., la iglesia) también sufre. Pablo instó a los cristianos en Corinto a disciplinar a uno de ellos mismos que estaba viviendo en adulterio ya que “un poco de levadura leuda toda la masa” (1 Corintios 5:6). Para escoger solamente un ejemplo, suponga que el evangelista comete adulterio, y posteriormente abandona a su familia. Primero, se afecta negativamente la reputación de la iglesia. Frecuentemente los que no son cristianos interpretan las acciones de un predicador como la representación del modelo cristiano. El hecho que él haya sido infiel a su esposa y a su Señor tiene un impacto negativo. Esto es cierto en el caso de cualquier cristiano, no solamente en el caso de alguien que es objeto de interés público.

Segundo, tales circunstancias proveen “herramientas” para aquellos que buscan injuriar a la iglesia. Pablo demandó que se obedecieran sus instrucciones para que no hubiera “ocasión de maledicencia” (1 Timoteo 5:14). Tercero, existen cristianos nuevos y débiles que debemos considerar. Cuando ellos ven que alguien que fue fiel abandona su fe, esto puede tener un efecto devastador en sus vidas. El escritor de Proverbios observó: “Como diente roto y pie descoyuntado es la confianza en el prevaricador en tiempo de angustia” (25:19). En ocasiones, la infidelidad inicial de un solo individuo puede causar una reacción en cadena que perjudica al cuerpo de Cristo en una manera inimaginable.

CONCLUSIÓN

Los cristianos pueden abandonar su fe en Dios, pero ningún poder puede tomar esa fe de ellos. Pablo afirmó a los cristianos de su tiempo, y de todos los tiempos, que eso era verdad.

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?... Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:35-39).

Aunque es verdad que algunos cristianos abandonan la fe, esto no debe ser así. Pedro presentó instrucciones del Señor a los cristianos de su tiempo, y luego les recordó: “Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás” (2 Pedro 1:10).



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