English Version

Contenido

Ciencia y la Biblia

Creación vs. Evolución

Dardos Bíblicos

Temas Doctrinales

Temas Prácticos


Recursos

Cursos Autodidácticos

EBGlobal


Información acerca de:

Condiciones de Uso

Contactos

Derechos de Autor

Nosotros

Política de Privacidad


Apologetics Press :: Temas Doctrinales

En Defensa del... Plan de Salvación de Dios
por Bert Thompson, Ph.D.
[English]
Versión Imprimible | Enviar este artículo

“Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”.

—Génesis 2:7

INTRODUCCIÓN

De todos los seres vivientes que moraban en el planeta Tierra, una criatura solitaria fue hecha “a la imagen de Dios”. En el sexto día de Su actividad creadora, Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:26,27). Desde luego, la humanidad no fue creada a la imagen física de Dios, ya que Dios, como un ser espiritual, no tiene imagen física (Juan 4:24; Lucas 24:39; Mateo 16:17). Mejor dicho, la humanidad fue formada a la imagen espiritual, racional, emocional, y volitiva de Dios (Efesios 4:24; Juan 5:39,40; 7:17; Josué 24:15; Isaías 7:15). Los seres humanos son superiores a todas las demás criaturas. A ningún otro ser viviente le fue dado las facultades, habilidades, capacidades, el potencial, o la dignidad que Dios infundió en cada hombre y mujer. Efectivamente, la humanidad es la cúspide, el pináculo y el ápice de la creación de Dios.

En su posición superior como cenit del don creativo de Dios, la humanidad fue dotada con ciertas responsabilidades. Los hombres y mujeres debían sojuzgar la Tierra entera (Génesis 1:28). Ellos debían glorificar a Dios en su existencia diaria (Isaías 43:7). Y, ellos debían considerar como su “deber completo” el servir al Creador fielmente durante toda su estancia breve sobre esta Tierra (Eclesiastés 12:13).

EL DILEMA DEL HOMBRE: DESOBEDIENCIA Y MUERTE

Desafortunadamente, el primer hombre y mujer usaron sus poderes de voluntad—y la agencia moral libre basada sobre esos poderes—para rebelarse en contra de su Hacedor. El hombre finito hizo algunas elecciones terriblemente malas, y así entró el estado espiritual bíblicamente designado como “el pecado”. El Antiguo Testamento no solamente presenta en modo intenso la entrada del pecado en el mundo a través de Adán y Eva (Génesis 3), sino también alude a la ubicuidad del pecado entre la raza humana cuando dice: “Porque no hay hombre que no peque” (1 Reyes 8:46). A través de sus treinta y nueve libros, la Biblia trata una y otra vez la presencia del pecado en medio de la humanidad y sus consecuencias destructivas. Isaías recordó a la gente de Dios: “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (59:1,2).

El Nuevo Testamento no es menos claro en esta evaluación. El apóstol Juan escribió: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4). Por ende, el pecado es definido como el acto de violar la ley de Dios. De hecho, Pablo observó que “donde no hay ley, tampoco hay transgresión” (Romanos 4:15). No habiendo ley, no habría pecado. Pero Dios había instituido la ley divina. Y el hombre escogió libremente transgredir esa ley. Pablo reafirmó el concepto del Antiguo Testamento de la universalidad del pecado (1 Reyes 8:46) cuando declaró que “todos han pecado, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Como resultado, el dilema del hombre llegó a ser más serio. El profeta Ezequiel se lamentó: “El alma que pecare, esa morirá” (18:20a). Una vez más, los escritores del Nuevo Testamento reafirmaron tal concepto. Pablo escribió: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). Luego él añadió que “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Años más tarde, Santiago escribiría: “Sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte” (1:14,15).

Como un resultado del pecado de la humanidad, Dios colocó la maldición de la muerte sobre toda la raza humana. Aunque todo hombre y mujer debe morir físicamente como resultado del pecado de Adán y Eva, cada persona muere espiritualmente por su propio pecado. Cada persona es responsable por sí misma, espiritualmente hablando. La posición teológica que declara que nosotros heredamos la culpa del pecado de Adán y Eva es falsa. Nosotros no heredamos la culpa; nosotros heredamos las consecuencias. Y existe una gran diferencia entre las dos. Considere, como una ilustración de este punto, la familia en la cual un padre borracho llega tarde a la casa una noche, y en estupor alcohólico golpea a su esposa y a sus hijos. De seguro, su esposa y sus hijos sufren las consecuencias de su borrachera. ¡Pero sería absurdo sugerir que son culpables de esto! El mismo concepto se aplica en el campo espiritual. La gente muere físicamente a causa del pecado de Adán, pero mueren espiritualmente a causa de sus propias transgresiones de la ley de Dios. En Ezequiel 18:20, aludido anteriormente, el profeta continuó diciendo: “El hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él”.

EL REMEDIO DE DIOS PARA EL PECADO

A pesar de cuán desesperada, o cuán lamentable, haya llegado a ser la condición del hombre, Dios no tiene la obligación de proveer un medio de salvación para la criatura ingrata que tan altivamente se apartó de Él, de Su ley, Su amor, y Su misericordia. Las Escrituras hacen esto aparente cuando analizan el hecho que los ángeles pecaron (2 Pedro 2:4; Judas 6), y que Él “no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham” (Hebreos 2:16). Las criaturas rebeldes que una vez habitaron los portales celestiales no fueron provistas con un plan de salvación. ¡Pero el hombre lo fue!

Entonces, ¿por qué Dios llegaría a tal extremo por la humanidad, cuando Su misericordia no fue incluso extendida a los ángeles? En cualquier respuesta que sea dada, no cabe duda que los esfuerzos del Creador en favor del hombre pecador son los resultados directos de puro amor. Como un Dios de amor (1 Juan 4:8), Él llevó a cabo una preocupación genuina, no por Sus propios deseos, sino en cambió por los de Su creación. Y nosotros debemos admitir que el amor de Jehová fue inmerecido. Dios nos ofreció salvación—nuestro “camino a casa”—aunque éramos impíos, pecadores, y enemigos (note el uso de esos términos en Romanos 5:6-10). El apóstol Juan se regocijó en el hecho de que: “En esto consiste el amor; no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros” (1 Juan 4:10).

El amor de Dios es universal, y Él no discrimina en ninguna forma (Juan 3:16). El quiere que todos los hombres sean salvos (1 Timoteo 2:4)—si ellos escogen serlo (Juan 5:40)—porque Él no quiere que nadie perezca (2 Pedro 3:9). Y, el amor de la deidad es inmutable. Lea Romanos 8:35-38 y ¡llénese de emoción! Solamente el cruel rechazo del hombre de Dios puede dejarlo fuera de la apropiación del ofrecimiento del cielo de misericordia y gracia.

El Plan de Dios En Preparación

¿Sabía Dios que el hombre se rebelaría, y estaría en necesidad de salvación del estado peligroso de su propia condición pecaminosa? Si, Él sabía. La inspiración habla de un plan divino establecido incluso “antes de la fundación del mundo” (Efesios 1:4; 1 Pedro 1:20). Después de la caída inicial de Adán y Eva, la humanidad se revolcó más profundamente en la maldad. Jehová envió un diluvio global para purgar la Tierra cuando la humanidad no regresó a Dios después de aproximadamente un siglo de predicación por el justo Noé (Génesis 6-8). Del fiel Noé, varias generaciones después, descendió el renombrado Abraham, y, a través de él, la nación hebrea finalmente fue establecida. De esa nación, el Mesías esperado—Dios encarnado—vendría.

Algunos cuatro siglos después de Abraham, el Señor, a través de Moisés, dio a los hebreos la revelación escrita conocida como la Ley de Moisés. Básicamente, este sistema de Ley tuvo tres propósitos. Primero, su propósito fue definir el pecado y agudizar la consciencia de Israel acerca de esto. En el Nuevo Testamento Pablo utiliza la expresión: la Ley hizo al “pecado extremadamente pecaminoso” (Romanos 7:7,13). Segundo, la Ley fue diseñada para mostrar al hombre que él no podía, por sus propios esfuerzos, salvarse a sí mismo. La ley demandaba obediencia perfecta, y ya que ningún hombre podía guardarla perfectamente, todos permanecieron en condenación (Gálatas 3:10,11). Por ende, la Ley subrayó la necesidad de un Salvador—Alguien que pudiera hacer por nosotros lo que no podíamos hacer por nosotros mismos. Tercero, en armonía con la necesidad, el Antiguo Testamento señalaba el camino hacia la venida del Mesías. Él sería Emanuel—“Dios con nosotros” (Mateo 1:23).

La humanidad estaba preparada para la venida del Mesías en varias maneras. Las teofanías fueron apariciones de Dios en varias formas (vea Génesis 16:7 et.seq.; 18:1 et.seq.; 22:11 et.seq., etc.). Un examen cuidadoso de los hechos guía a la conclusión que muchas de estas manifestaciones fueron del Cristo pre-encarnado. Adicionalmente, el Antiguo Testamento contiene tipos (anticipos pictóricos) del Mesías venidero. Por ejemplo: Cada sacrificio de sangre fue un símbolo del “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Finalmente, existen más de 300 profecías que contienen detalles minuciosos del Príncipe de Paz venidero. Estas profecías nombraron la ciudad en la cual Él debía nacer, el propósito de Su estancia terrenal, e incluso la manera exacta de Su muerte. Jehová no dejó ninguna piedra sin mover al preparar al mundo para la venida de Quien salvaría a la humanidad.

El Plan de Dios En Acción

Uno de los atributos de Dios, como expresado en la Escritura, es que Él es un ser absolutamente santo (Apocalipsis 4:8; Isaías 6:3). Como tal, Él no puede ignorar el pecado. El profeta Habacuc escribió: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio” (1:13). Además, otro de los atributos de Dios es que Él es justo. La rectitud y la justicia son la primera fundación de Su trono (Salmos 89:14). La verdad que surge del hecho de que Dios es tanto santo como justo es que ¡el pecado debe ser castigado!

Si Dios fuera un Creador frío y vengativo (como algunos incrédulos incorrectamente aseveran), Él simplemente pudo haber desterrado a la humanidad de Su divina presencia para siempre y ése hubiera sido el final del asunto. Pero la verdad es que, ¡Él no es esa clase de Dios! Nuestro Creador es amoroso (1 Juan 4:8) y “rico en misericordia” (Efesios 2:4). Por consiguiente, el problema llegaría a ser ¿cómo un Dios amoroso y misericordioso pudiera perdonar a la humanidad rebelde? Pablo trató esto en Romanos 3. ¿Cómo pudiera Dios ser justo, y además un justificador del hombre pecador? La respuesta: Él encontraría a alguien para sustituirnos—alguien para recibir Su retribución, y llevar nuestro castigo. Ese “alguien” sería Jesucristo, el Hijo de Dios. Él llegaría a ser un sacrificio sustituto, y personalmente pagaría el precio para la salvación de la humanidad. En uno de los más conmovedores tributos alguna vez escrito del Hijo de Dios, Isaías resumió la situación como ésta:

“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:5,6).

El intento de Jehová fue extender la gracia y misericordia libremente—a través de la vida y muerte redentora de Su Hijo (Romanos 3:24 et.seq.). Como un miembro de la divinidad, Cristo llevó en Sí mismo la forma de hombre. Él vino a la Tierra como un ser humano (Juan 1:1-4,14; 1 Timoteo 3:16), y por ende compartió nuestra naturaleza completa y experiencias de vida. Además Él fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado (Hebreos 4:15). Pero ¿qué tiene que ver esto con nosotros? Ya que Cristo fue probado (Isaías 28:16), y todavía hallado perfecto (2 Corintios 5:21, 1 Pedro 2:22), solamente Él podía satisfacer el requerimiento del cielo por justicia. Solamente Él podía servir como la “propiciación” (sacrificio expiatorio) por nuestros pecados. Exactamente como el cordero imperfecto que fue usado en el Antiguo Testamento podía ser la propiciación (temporal) por los pecados de los israelitas, así el “Cordero de Dios” (Juan 1:29) podía ser la propiciación (permanente) por los pecados de la humanidad. En el regalo de Cristo, la misericordia del Cielo fue extendida; en la muerte del Cordero de Dios, la justicia divina fue satisfecha; y, en la resurrección de Cristo, ¡el plan de Dios fue documentado y sellado para siempre!

LA APROPIACIÓN DE LA HUMANIDAD DEL REGALO DE DIOS DE LA SALVACIÓN

Tan maravilloso como es el regalo de Dios de la Salvación, hay algo que no es. No es incondicional. La humanidad tiene una parte en este proceso. Aunque el regalo de la salvación es gratuito (en el sentido de que el precio impuesto ya ha sido pagado por Cristo), Dios no forzará la salvación sobre alguien. Mejor dicho, cada hombre debe—por el ejercicio de su volición personal y agencia moral libre—hacer algo para aceptar el perdón que el cielo ofrece. ¿Qué es ese “algo”?

En Sus diversos tratos con la humanidad, Jehová ha enfatizado repetidamente que si el hombre quiere ser justificado, debe vivir “por fe” (Habacuc 2:4; Romanos 1:17; Gálatas 3:11; Hebreos 10:38). La salvación ha estado disponible a través de los siglos, condicionada sobre el conocimiento de antemano de la muerte expiatoria de Cristo en la Cruz del Calvario (Gálatas 4:4,5; Hebreos 9:15-17; 10:1 et.seq.). Hasta la fecha “vivir por fe” nunca denotó “entendimiento elevado” de ciertos factores. “Vivir por fe” denotaba obediencia activa.

La fe consiste en tres cosas: (1) un conocimiento de hechos históricos; (2) una buena voluntad para confiar en el Señor; y (3) una sumisión de todo corazón (obediencia) a la voluntad divina. Además la fe no siempre ha requerido—para todos los hombres, en toda circunstancia—las mismas cosas. Siempre ha requerido obediencia, pero la obediencia en sí misma no siempre ha demandado la misma reacción. Por ejemplo, en el trato más temprano de Dios con los hombres, la fe obediente requería que los hombres ofrecieran sacrificios de animales en el altar familiar (Génesis 4:4). Luego, Dios dio la Ley a Israel en el Monte Sinaí (Éxodo 20). Bajo esa ley, los sacrificios de animales continuaron, entre la observancia de ciertos días de fiestas y eventos. La fe aceptable, bajo cualquier ley que estuvo en vigor en su momento, demandó obediencia a la voluntad de Dios.

Las Escrituras enseñan que la “obediencia de fe” de una persona (Romanos 1:5; 16:26) está basada en la Palabra de Dios (Romanos 10:13), y que tanto la fe y la obediencia son demostradas por la acción. Hebreos 11 está dedicado a tal concepto. “Por fe” Abel ofreció. “Por fe” Noé preparó. “Por fe” Moisés rechazó. “Por fe” Abraham obedeció. Y así sucesivamente. Todo lector puede ser impresionado con los héroes de la fe en Hebreos 11:32-40, y la acción que ellos realizaron a causa de su fe. Santiago comentó que la fe, sin obediencia está muerta (2:26). Entonces, ¿qué implica esta “obediencia de fe” concerniente a la salvación? ¿Qué debe hacer una persona para ser salvo?

Varias preguntas necesitan ser hechas. Primero, ¿dónde se encuentra la salvación? Pablo dijo a Timoteo: “Por tanto, todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna” (2 Timoteo 2:10, énfasis añadido). Segundo, ¿dónde se encuentran todas las bendiciones espirituales? Las bendiciones espirituales son halladas solamente “en Cristo”. Pablo escribió en Efesios 1:3: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (énfasis añadido). Tercero, ¿cómo, entonces, alguien llega a estar “en Cristo”? ¿Cómo el pecador se deshace del pecado que condena su alma? ¿Qué “obediencia de fe” es requerida para obtener el regalo de la salvación que le pone “en Cristo”?

EL CAMINO A CASA: LA SALVACIÓN A TRAVÉS DE LA “OBEDIENCIA DE FE”

La única manera de encontrar el “camino a casa”, al cielo, es siguiendo las direcciones de Dios exactamente. Existen numerosas cosas que Dios ha mandado que una persona haga para imponer la “obediencia de fe” y por ende recibir el regalo gratuito de la salvación. Según la Palabra de Dios, para que una persona sea salva debe hacer lo siguiente. Primero, el pecador debe oír la Palabra de Dios (Romanos 10:17). Obviamente, una persona no puede seguir los mandamientos de Dios si no los ha oído, por ende, Dios ha mandado que la persona oiga lo que Él ha dicho concerniente a la salvación. Segundo, una persona que está perdida no puede ser salva si no cree lo que oye. Por consiguiente, Dios ha mandado que la creencia tenga lugar a continuación (Juan 3:16; Hechos 16:31). Tercero, alguien que está perdido no puede obtener salvación si no está dispuesto a arrepentirse de sus pecados y buscar el perdón (Lucas 13:3). Sin el arrepentimiento él continuará en pecado; por ende, Dios mandó al arrepentimiento. Cuarto, ya que Cristo es el fundamento de nuestra salvación, Dios mandó que el pecador penitente le confesara delante de los hombres como el Hijo de Dios (Romanos 10:9,10).

No obstante, esto no es todo lo que Dios mandó. La pregunta principal es: ¿Qué debe hacer uno para deshacerse del pecado? Los judíos que asesinaron a Cristo, y a quienes Pedro habló en el Día de Pentecostés cuando dio la bienvenida a la era cristiana, hicieron esa pregunta. El sermón de Pedro los había convencido de que necesitaban salvación. Ellos preguntaron: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hechos 2:37, énfasis añadido). Pedro les dijo: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (Hechos 2:38, énfasis añadido). Saulo, (conocido luego como Pablo) necesitaba una respuesta a la misma pregunta. Durante un viaje a Damasco para perseguir a los cristianos, Saulo fue cegado (Hechos 22). Él preguntó: “¿Qué haré Señor?” (Hechos 22:10, énfasis añadido). Ananías respondió a la pregunta de Saulo al mandarle: “Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados” (Hechos 22:16, énfasis añadido).

Entonces, ¿cuál es la respuesta correcta concerniente a cómo uno se deshace del pecado? La solución bíblica es que la persona que ha oído el evangelio, ha creído en su mensaje, se ha arrepentido de sus pecados pasados, y ha confesado a Cristo como Señor debe entonces ser bautizado para el perdón de sus pecados. [La palabra castellana “bautizar” es una transliteración de la palabra griega baptizo, que quiere decir hundir, descender, zambullir debajo, o sumergir (Thayer, 1958, p. 94)]. Es el bautismo lo que pone a uno “en Cristo”.

¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva (Romanos 6:3,4).

Pablo escribió: “Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gálatas 3:27, énfasis añadido). Luego, Pedro habló del bautismo como lo que salva (1 Pedro 3:21). Los escritores del Nuevo Testamento señalaron que es solamente cuando entramos en contacto con la sangre de Cristo que nuestros pecados pueden ser lavados (Efesios 1:7,8; Apocalipsis 5:9; Romanos 5:8,9; Hebreos 9:12-14). Cristo derramó Su sangre en la Cruz en Su muerte (Juan 19:31-34). ¿Dónde, y cómo llega uno a estar en contacto con la sangre de Cristo para obtener el perdón de los pecados que tal contacto asegura? Es solamente en el bautismo que ese contacto es realizado con la sangre y muerte de Cristo (Romanos 6:3-11). Además, la esperanza de nuestra resurrección (vivir con Él en el cielo) está enlazada con el bautismo. Pablo habló que “sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos” (Colosenses 2:12). Si no somos bautizados, permanecemos en pecado y no tenemos esperanza de resurrección que nos guía al cielo. El bautismo no es menos ni más importante que cualquier otro de los mandamientos de Dios concernientes a la salvación (vea Jackson, 1997). Pero es necesario, y uno no puede ser salvo sin éste. El bautismo es un mandamiento de Dios (Hechos 10:48), y es donde la remisión de los pecados ocurre (Hechos 2:38; Hechos 22:16; 1 Pedro 3:21).

Algunos enseñan que una persona es salva por “fe solamente”. Se le enseña a la gente simplemente a “orar y pedir a Jesús que entre a sus corazones” para que así puedan ser salvos de sus pecados. Esta enseñanza está en discordancia con la Biblia. Primero, las Escrituras enseñan que Dios no oye (i.e., oír para responder con perdón) la oración de cualquier pecador foráneo (Salmos 34:15,16; Proverbios 15:29; 28:9). En Juan 14:6 Cristo enseñó: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. El pecador foráneo se acerca a Dios por sí mismo, y no tiene abogado para así hacerlo en su nombre. Esa es una bendición espiritual reservada solamente para los cristianos (Efesios 1:3). Por ende, es infructífero para un pecador foráneo el orar a Dios para que “envíe a Jesús a su corazón”. Dios no oye (i.e., oír para responder a) tal requerimiento. Segundo, las Escrituras llanamente enseñan que el hombre no puede ser salvo por fe solamente. Santiago remarcó que un hombre puede ser justificado (i.e., salvo), pero “no por fe solamente” (2:24). Anteriormente escribió: “Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen y tiemblan” (2:19). No es suficiente creer simplemente. Aun los demonios creen, pero ellos no son salvos (2 Pedro 2:4). La fe sola es insuficiente para salvar. Además, la salvación nunca está condicionada a la oración, sino a la “obediencia de fe”. Saulo había orado seriamente. Pero sus pecados fueron removidos (“lavados”) solamente cuando obedeció el mandamiento de Dios de ser bautizado. La oración no podía lavar los pecados de Saulo, pero la sangre de Cristo podía—en el bautismo (Hebreos 9:22; Efesios 5:26).

CONCLUSIÓN

Dios desea genuinamente que todos sean salvos (Juan 3:16). Pero uno debe hacer exactamente lo que Dios mandó, en la manera exacta que Dios lo mandó. Cuando una persona oye, cree, se arrepiente, confiesa, y es bautizado para el perdón de los pecados, esa persona llega a ser un cristiano—nada más, y nada menos. Entonces Dios mismo añade a esa persona al cuerpo de Cristo—la iglesia. Aquellos que permanecen fieles hasta la muerte (Apocalipsis 2:10) tienen la promesa de una corona de vida y la eternidad en el cielo. Qué alegre pensamiento—vivir la “vida abundante” (Juan 10:10b) con una “paz que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7) aquí y ahora, y luego ser recompensado con un hogar en el cielo en el más allá (Juan 14:2,3).

REFERENCIAS

Jackson Wayne (1997), “The Role of ‘Works’ in the Plan of Salvation,” Christian Courier, 32:47, April.

Thayer, J.H. (1958 reprint), A Greek-English Lexicon of the New Testament (Edinburgh: T & T Clark).



Derechos de autor © 2005 Apologetics Press, Inc. Todos los derechos están reservados.

Estamos complacidos de conceder permiso para que los artículos en la sección de "Temas Doctrinales" sean reproducidos en su totalidad, siempre y cuando las siguientes estipulaciones sean observadas: (1) Apologetics Press debe ser designada como la editorial original; (2) la página Web URL específica de Apologetics Press debe ser anotada; (3) el nombre del autor debe permanecer adjunto a los materiales; (4) cualquier referencia, notas al pie de página, o notas finales que acompañan al artículo deben ser incluidas a cualquier reproducción escrita del artículo; (5) las alteraciones de cualquier clase están estrictamente prohibidas (e.g., las fotografías, tablas, gráficos, citas, etc. deben ser reproducidos exactamente como aparecen en el original); (6) la adaptación del material escrito (e.g., publicar un artículo en varias partes) está permitida, siempre y cuando lo completo del material sea hecho disponible, sin editar, en una extensión de tiempo razonable; (7) los artículos, en totalidad o en parte, no deben ser ofrecidos en venta o incluidos en artículos para venta; y (8) los artículos no deben ser reproducidos en forma electrónica para exponerlos en páginas Web (aunque los enlaces a los artículos en la página Web de Apologetics Press están permitidos).

Para catálogos, muestras, o información adicional, contacte:

Apologetics Press
230 Landmark Drive
Montgomery, Alabama 36117
U.S.A.
Phone (334) 272-8558
http://www.apologeticspress.org




Web site engine code is Copyright © 2003 by PHP-Nuke. All Rights Reserved. PHP-Nuke is Free Software released under the GNU/GPL license.
Page Generation: 0.100 Seconds