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Apologetics Press :: Temas Doctrinales

La Bondad de Dios y un Infierno Eterno
por Wayne Jackson, M.A.
[English]
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INTRODUCCIÓN

El fallecido Bertrand Russell, un renombrado agnóstico británico, escribió una publicación pequeña titulada, Why I Am Not A Christian (Por Qué No Soy un Cristiano). Una de las razones que él citó para su incredulidad fue que Jesucristo enseñó que existe un infierno eterno para los malos. Russell no podía armonizar la doctrina de Cristo acerca del infierno con el concepto bíblico de un Dios justo y benévolo; por ende, él rechazó la enseñanza de Jesús y se inclinó a la creencia de que Dios no existe. Russell, quien vivió una vida de desenfreno temerario, repitió los sentimientos de Caín: “Grande es mi castigo para ser soportado”. En este sentido, llegó a ser un adversario determinado de la religión verdadera.

El problema de reconciliar la retribución eterna con la bondad de Dios también ha tenido un impacto significativo en el mundo religioso. Muchas religiones, tales como los Testigos de Jehová, los Adventistas del Séptimo Día, y la Iglesia Mundial de Dios (Armstrongismo), han rechazado la doctrina del castigo eterno para los malos. Incluso las iglesias de Cristo han tenido sus defensores de este punto de vista erróneo (vid. Fudge, 1982).

ALGUNOS ARGUMENTOS AD HOMINEM

Un argumento ad hominem (es decir, “hacia el hombre”) es un tipo de razonamiento que se centra en la inconsistencia de un oponente. Vamos a utilizar tal argumentación al principio de este tratado conjuntamente a la teoría del “no-infierno”.

Primero, una premisa principal del dogma del no-castigo-eterno es la noción de que tal concepto está opuesto a la justicia verdadera. El argumento puede ser formulado así. La Biblia habla de un Dios “justo” y “bueno”; también enseña la doctrina de un infierno eterno. Estas dos posiciones son mutuamente exclusivas. Por consiguiente, las Escrituras son inconsistentes, y no pueden ser verdaderas. Sin embargo, yo insisto que aquellos que argumentan así están bajo la obligación de defender su uso de los términos “justo” y “bueno”. ¿Por el estándar de quién deben ser medidos estos rasgos de carácter? No se debe permitir que los críticos de la Biblia se conviertan en “diccionarios teológicos por sí mismos”. Su razonamiento está basado solamente sobre sus propias ideas de cómo la bondad y la justicia deben ser expresadas. Si es verdad que las Escrituras enseñan que Dios ha señalado un castigo eterno para la gente impenitentemente mala, y si también es verdad que la Biblia afirma la justicia y la bondad de Jehová, entonces consecuentemente el castigo eterno no es inconsistente con la naturaleza de Dios. Solamente está reñido con el enfoque pervertido de algunos hombres acerca de la bondad y la justicia.

Segundo, nadie (escépticos o cualquiera) está listo para conceder que los malhechores son indignos de algún tipo de castigo. Es reconocido que ninguna sociedad puede sobrevivir en tal atmósfera. ¿Se le debe decir al violador, ladrón, y al asesino: “Aparentemente, ha hecho lo malo, pero nosotros (la sociedad) no vamos a castigarle por sus crímenes ya que eso sería injusto”? ¿Existe alguien que argumentaría que no debería haber ninguna consecuencia resultante de la conducta criminal? ¡Absolutamente no! Por consiguiente, se admite que “el castigo” no es inconsistente con la justicia verdadera.

Tercero, vamos a llevar nuestro razonamiento un paso más adelante. ¿Podría darse el caso en que la justicia genuina pueda ser cumplida incluso cuando el castigo de un hombre malo sea extendido más allá del tiempo realmente involucrado en la comisión de su crimen? Por ejemplo, en nuestro sistema de justicia penal, nadie pregunta al asesino: “Señor, ¿cuánto tiempo tomó para matar a su esposa?”—y después asigna su encarcelamiento en conformidad a esto. ¿Sería mantenida la justicia por tal enfoque? Por supuesto que no. Entonces, aquí está el punto: la justicia verdadera, combinada con la bondad genuina, permite la posibilidad de que un malhechor pueda ser obligado a sufrir una pena que es considerablemente más larga que la duración de su maldad. Por consiguiente, el asunto verdadero no es el castigo en sí mismo, o incluso el castigo prolongado; en cambio, es el castigo eterno. ¡El escéptico (o el materialista religioso) simplemente desea decir a Dios cuánto tiempo debe ser el castigo! Aunque recuerde que, en un sistema de justicia verdadera, no se le concede al infractor el decidir su propio castigo.

EL CASO PARA EL CASTIGO ETERNO POR UN DIOS JUSTO

Ya que nadie ha regresado de la muerte para hablar de sus experiencias personales, este tema no es uno que pueda ser resuelto por la especulación humana; en cambio, debe ser resuelto por la revelación divina. Cuando la información bíblica relevante es reunida, puede ser visto, incluso desde un punto de vista cínico del hombre, que el factor del castigo eterno no es inconsistente con el carácter de un Dios recto. Nuestro caso será presentado en una serie de proposiciones relacionadas.

La Naturaleza y la Caída del Hombre

El hombre fue creado a la imagen de Dios (Génesis 1:26), entonces, él es un ser con voluntad propia. Él tiene el poder de escoger lo bueno o lo malo. Josué desafió a Israel, “escogeos hoy a quién sirváis” (Josué 24:15). La humanidad no fue programada para rebelarse; en cambio, los hombres han “deseado” rechazar el plan del Cielo para vivir sobre esta Tierra (vid. Mateo 23:37; Juan 5:40). El hombre fue hecho recto, pero generalmente ha buscado el camino malo (Eclesiastés 7:29). No obstante, existen consecuencias asociadas con este tipo de actividad.

El Pecado y la Naturaleza de Dios

La Biblia claramente enseña que Dios es un Ser absolutamente santo (Isaías 6:4; Apocalipsis 4:8)—i.e., Él está completamente separado del mal. Su santidad es demostrada en numerosas narraciones de las Escrituras. En Sinaí, el abismo entre Dios y el Israel pecaminoso fue marcado vivamente (Éxodo 19:12-25). El arreglo del tabernáculo, con su lugar santo y lugar santísimo (Éxodo 25:22) ciertamente fue diseñado para enseñar a los hebreos la naturaleza santa de Jehová (Éxodo 26:33). La santidad del Señor no solamente sugiere que Él no puede personalmente cometer pecado (Santiago 1:13), sino también significa que no puede ignorar la rebelión como si nunca hubiera pasado. El profeta Habacuc declaró a Jehová: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal [i.e. favorablemente—WJ]; ni puedes ver el agravio” (1:13). Dios no toma placer en la maldad (Salmos 5:4), y aquellos que se complacen en esta serán los receptores de Su venganza (Salmos 11:6,7). La Biblia afirma que el torrente de ira divina sobre los infieles es, de hecho, una “revelación del justo juicio de Dios” (Romanos 2:5).

El Pecado Separa a Uno de Dios

Cuando la humanidad escogió pecar, escogió ser separada de un Creador santo. El profeta afirmó claramente que “vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59:2). En el lenguaje bíblico, “la muerte” generalmente denota separación de alguna clase. Cuando el espíritu sale del cuerpo, el cuerpo muere (Santiago 2:26). Similarmente, cuando una persona entra a un estado pecaminoso, llega a morir espiritualmente (Efesios 2:1), ya que, por el acto, él ha determinado separarse de Dios. Recuerde que este principio de alejamiento no fue impuesto por nuestro Creador; esto es completamente nuestra responsabilidad.

El Infierno—La Separación Final

La inspiración describe el castigo del infierno como “la muerte segunda” (Apocalipsis 20:14), lo cual sugiere que es la separación final de Dios. Esto es enfatizado enérgicamente en muchos pasajes del Nuevo Testamento. En la parábola de las vírgenes, aquellas vírgenes desprevenidas que “durmieron” (i.e., murieron), cuando se despertaron por la llegada del Esposo quisieron entrar a Su presencia, pero la puerta fue cerrada, y ellas fueron privadas de esa asociación (Mateo 25:1-13). Los siervos inútiles serán “echados” (Mateo 25:30), y oirán al Señor exclamar: “Apartaos de mí” (Mateo 25:41). Pablo lo expresó así. Aquellos que no conocen a Dios y que no obedecen el Evangelio, “sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Tesalonicenses 1:9). Esta separación permanente de Dios es nada más que una continuación del alejamiento que el rebelde cultivó en esta vida. ¡El Señor no es responsable por tal decisión temeraria!

El Horror Dramático de la Separación de Dios

¿Cómo es posible describir el estado espiritual de ser desterrado de la presencia del Ser supremo del Universo? Ser marginado de la presencia de Jehová es la experiencia más grande de horror. Es la separación de todo lo que es puro y bueno, todo lo que es correcto y saludable, y todo lo que produce gozo y tranquilidad. Sin embargo, es una experiencia espiritual, y puesto que la mente humana funciona sobre el plano material, realmente no estamos preparados para apreciar la gravedad de tal circunstancia. Por tanto, Dios ha empleado el simbolismo apropiado para describir las angustias del infierno.

La morada espiritual del incrédulo es un estado de dolor y angustia (Salmos 116:3). Es caracterizada por la vergüenza y el desprecio (Daniel 12:2), y es un reino de aflicción (Jonás 2:2). El infierno es un lugar de tinieblas donde existe el lloro y el crujir de dientes (Mateo 25:30)—una esfera de fuego eterno (Mateo 25:41) donde el “gusano” (una figura de angustia constante) no muere (Marcos 9:48). Los incrédulos son descritos como siendo golpeados por azotes (Lucas 12:47,48); ellos son los receptores de la ira y la indignación de Dios; experimentan tribulación y angustia (Romanos 2:8,9); y sufren el castigo como manifestación de la venganza del Señor (2 Tesalonicenses 1:8,9). El infierno es un lugar de tormento completo donde el reposo no es conocido (Apocalipsis 14:10,11). Aunque no sería una expresión de exégesis responsable el hacer literales las figuras retóricas catalogadas anteriormente, uno nunca debiera olvidar que el simbolismo está diseñado para enfatizar el terror absoluto de ser abandonados por Dios. Además, ¡las figuras seguramente no justifican la realidad verdadera de esta pesadilla eterna!

¿Es el Castigo Realmente Eterno en Duración?

Una objeción principal en contra de la doctrina del infierno es su naturaleza eterna. ¿Necesita ser el sufrimiento sin fin? ¿Es realmente “justo” que alguien sea castigado por siempre cuando éste ha sido fiel a lo malo por solamente un espacio de tiempo relativamente breve? Considere esta pregunta por un rato. ¿Es Dios justo al dar felicidad eterna a aquellos que le han servido solo temporalmente en este mundo? ¡Nunca ha oído que se le acusa al Señor de ser injusto en este caso! Se debe enfatizar otra vez que el tema no es uno que pueda ser determinado con el razonamiento subjetivo de la emoción humana parcial. La Biblia tiene que proveer la respuesta.

Las Escrituras afirman explícitamente la naturaleza perdurable de la retribución divina. La vergüenza y el castigo de la gente mala serán eternos (Daniel 12:2; Mateo 25:46). “Eterno” literalmente significa “ser siempre”. Nótese su contraste con lo “temporal” en 2 Corintios 4:18. Sin embargo, se argumenta que “eterno” no siempre significa lo que es de una naturaleza absolutamente interminable. Eso es correcto, pero en todos esos casos aprendemos este hecho, no por la naturaleza de la palabra misma, sino por la información adicional en las Escrituras. El contexto siempre es el juez final del sentido de cualquier palabra. En Mateo 25:46, el castigo “eterno” de los incrédulos es contrastado con la vida “eterna” (i.e., comunión con Dios) de los justos. Aquí, claramente, ambos son interminables en duración. Además, Jesús enfatizó que en el infierno, la angustia no se apaga (Marcos 9:48), y Juan anotó que el humo del “tormento” de los presos del infierno “sube” (el tiempo presente del griego enfatiza una acción continua) “por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 14:11). Compare la duración de la adoración dichosa descrita en Apocalipsis 4:8-10.

Además, la naturaleza del alma aboga por el castigo eterno. Considere lo siguiente. (a) El hombre no es totalmente mortal, como alegan los materialistas. Si tal fuera el caso, un hombre podría asesinar a otro y destruirlo totalmente. Sin embargo, Cristo declaró: “y no temáis a los que matan el cuerpo, más el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28). [NOTA: La palabra “destruir” no significa aniquilar. “La idea no es extinción sino ruina, pérdida, no del ser, sino del bienestar” (Vine, 1940, p. 302).] Uno debe concluir que el alma es inmortal. (b) En una de las discusiones del Señor con los Saduceos, Él dijo que en la resurrección, los hombres no “pueden ya más morir, pues son iguales a los ángeles” (Lucas 20:36). Es muy claro que existe algo acerca del hombre que vive por siempre. (c) Cuando Pedro quiso inspirar la piedad en las mujeres cristianas, sugirió que ellas deberían de vestirse con el ornato incorruptible de un espíritu afable y apacible (1 Pedro 3:4). No parece apropiado que un espíritu corruptible deba vestirse con un ornato incorruptible. Las implicaciones acerca de la naturaleza duradera del espíritu son obvias. (d) Jesús dijo de Judas Iscariote que sería mejor para él si nunca hubiera nacido (Marcos 14:21). Si el traidor no tenía existencia antes de su comienzo como un ser humano, y si él dejaría de existir por la muerte, ¿por qué le sería mejor si nunca hubiese nacido? La afirmación del Señor indica que el alma de Judas, en un estado de tormento, sobreviviría la muerte de su cuerpo.

Finalmente, la naturaleza del cuerpo resucitado demanda que el castigo para los infieles sea eterno. En 1 Corintios 15:52, Pablo afirmó que los muertos son resucitados “incorruptibles” (cf. Romanos 1:23, donde se usa el término para Dios). En otro sitio nos dice que el injusto será resucitado (Juan 5:28,29; Hechos 24:15), y Cristo reconoció el castigo tanto del alma como del cuerpo en el infierno (Mateo 10:28). Todos estos factores solamente nos guían a la conclusión de que si existe castigo después de la muerte, éste debe ser eterno en duración—a menos que pueda demostrarse que existe algún plan de salvación en ese estado. Y para esa posición, no existe ninguna evidencia. De hecho, la Biblia enseña lo opuesto. (a) Después de la muerte, viene el juicio—no una segunda oportunidad de salvación (Hebreos 9:27). (b) En el Hades, la morada de aquellos que mueren salvos y aquellos que mueren perdidos, “una gran sima está puesta” (el tiempo perfecto del Testamento Griego enfatiza la naturaleza duradera de la separación), y el traslado de un reino al otro es una imposibilidad (Lucas 16:26). Además, el hombre rico en ese lugar de tormento reconoció que sus hermanos en la Tierra necesitaban hacer preparaciones durante su estancia terrenal; él sabía que no existía un plan post-muerte de redención (vid. Lucas 16:28-31). (c) En la parábola de las vírgenes (Mateo 25:1 et.seq.), aquellas que “cabecearon” y “durmieron” (una figura para la muerte) en una condición desprevenida, se despertaron (i.e., fueron resucitadas—Daniel 12:2) precisamente en el mismo estado, y por ello, se les prohibió entrar con el Esposo (Cristo). ¡No existe una oportunidad para obediencia después de la muerte!

La Justicia es Demostrada por el Castigo Equitativo

Una dimensión añadida a este estudio ciertamente debe ser la de los “grados de castigo”. Las Escrituras enseñan que el castigo eterno será en proporción a lo que es merecido. Jesús dijo que en “el día del juicio” sería “más tolerable” para aquellas ciudades paganas que habían recibido poco influencia espiritual, que para aquellas ciudades que le rechazaron a pesar de ver Sus hechos maravillosos (Mateo 11:22-24). En una ilustración, el Señor habló de cierto siervo que se comportaba en una manera impropia. Cuando su señor vino y le encontró desprevenido, le asignó al castigo. Después Cristo afirmó:

Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco; porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá (Lucas 12:47,48).

Cristo indicó que existía varios niveles de responsabilidad cuando dijo a Pilato: “el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene” (Juan 19:11). El escritor de Hebreos habló de aquellos que recibirían “mayor castigo” (10:29), y Santiago amonestó: “no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (3:1). De alguna cosa podemos estar seguros, aún en el castigo de aquellos que son malos, el Juez de toda la Tierra hará lo que es justo (Génesis 18:25).

La Bondad de Dios Reflejada en la Cruz

Nadie puede argumentar lógicamente en contra de la benevolencia de Jehová teniendo en cuenta a la cruz. Como observamos anteriormente, la santidad y justicia de la Deidad demanda que el pecado sea señalado. La recompensa apropiada para lo bueno y para lo malo es una evidencia de que “hay un Dios que juzga en la tierra” (vid. Salmos 58:10,11). El problema es—¿cómo puede un Dios justo abstenerse de enviar al hombre rebelde al infierno? La respuesta es—a través del trabajo redentor de Jesucristo. En Romanos 3:21-26, Pablo afirmó que Dios ha mostrado Su rectitud al enviar a Cristo como la propiciación por el pecado. En este acto cariñoso, mantiene Su propia rectitud, pero al mismo tiempo, llega a ser el Justificador de aquellos que, a través de la fe, son obedientes a Su Hijo (Hebreos 5:8,9).

Cuando Cristo murió, no fue por algún pecado que hubiera cometido. Aunque Él fue tentado en todo aspecto como nosotros, no tuvo pecado (Hebreos 4:15). Cuando Pedro escribió que Jesús “no hizo pecado”, empleó un tiempo verbal que sugiere que el Señor nunca pecó—¡ni una vez (1 Pedro 2:22)! Isaías enfatizó repetidamente la naturaleza substitutiva de la muerte del Señor cuando escribió: “Más el herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados... Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:5,6). Cuando el profeta declaró que nuestro “pecado” fue puesto sobre el Hijo de Dios, empleó una figura retórica conocida como metonimia (una cosa es puesta por otra)—en este caso, siendo la causa puesta por el efecto. En otras palabras, Dios no puso nuestros pecados sobre Cristo, sino el castigo de nuestros agravios. Cristo cargó nuestro “infierno” veinte siglos atrás. Por consiguiente, a pesar del hecho de que todos los pecadores merecen perderse, el Señor ha provisto una manera para “escapar de la condenación del infierno” (cf. Mateo 23:33). ¡Ningún hombre puede argumentar en contra del amor de Dios en vista de Su regalo inexpresable de la cruz!

REFERENCIAS

Fudge, Edward (1982), The Fire That Consumes (Houston, TX: Providential Press).

Vine, W.E. (1940), An Expository Dictionary of New Testament Words (Westwood, NJ: Revell).



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