English Version

Contenido

Ciencia y la Biblia

Creación vs. Evolución

Dardos Bíblicos

Temas Doctrinales

Temas Prácticos


Recursos

Cursos Autodidácticos

EBGlobal


Información acerca de:

Condiciones de Uso

Contactos

Derechos de Autor

Nosotros

Política de Privacidad


Apologetics Press :: Ciencia y la Biblia

La Biblia y las Leyes de la Ciencia: La Ley de la Causa y el Efecto
por Bert Thompson, Ph.D.
[English]
Versión Imprimible | Enviar este artículo

INTRODUCCIÓN

Indisputablemente, la más universal y más cierta de todas las leyes científicas es la ley de la causa y el efecto, o como es comúnmente llamada, la ley (o principio) de la causalidad. Los científicos y filósofos de ciencia, reconocen que las leyes reflejan “regularidades reales en la naturaleza” (Hull, 1974, p. 3). Hasta donde las pruebas científicas y experiencias históricas pueden atestiguar, las leyes no conocen excepciones. Y esto es ciertamente verdadero acerca de la ley de la causalidad. Este principio fundamental de la ciencia ha sido declarado en diversas maneras, todas de las cuales expresan adecuadamente su significado esencial. Kant, en la primera edición de su Critique of Pure Reason (Crítica de Razón Pura), declaró que “todo lo que pasa (comienza a existir) presupone algo a lo cual esto sigue de acuerdo a una regla”. En una segunda edición, él fortaleció ese enunciado al denotar que “todos los cambios toman lugar de acuerdo a la ley de conexión de la causa y el efecto” (vea Meiklejohn, 1878, p. 141). Schopenhauer declaró la proposición como: “Nada pasa sin una razón por la cual debería pasar en vez de no pasar” (vea von Mises, 1951, p. 159). El número de ejemplos de varias formulaciones podría ser expandido casi indefinidamente. Pero declarado simplemente, la ley de la causalidad declara que todo efecto material debe tener una causa adecuada que le anteceda.

Este concepto ha sido discutido, en pro y en contra, en tratados a través de los años con respecto a sus implicaciones filosóficas y/o teológicas. Pero después de que todo el polvo se ha asentado, la ley de la causalidad permanece intacta. No hay problema en su aceptación, tanto en el mundo de la ciencia experimental como en el mundo ordinario de experiencia personal. El testimonio para ese hecho abunda. Muchos años atrás, el profesor W.T. Stace, en su obra clásica, A Critical History of Greek Philosophy (Una Historia Crítica de Filosofía Griega), escribió:

Todo estudiante de lógica conoce que este es el canon fundamental de las ciencias, la fundación de todas ellas. Si nosotros no creyésemos la verdad de la causación, es decir, toda cosa que tiene un comienzo tiene una causa, y que en las mismas circunstancias las mismas cosas pasan invariablemente, todas las ciencias se reducirían a polvo (1934, p. 6).

La ley de la causalidad no es de importancia solamente en la ciencia. Richard von Mises observó: “Nosotros podemos solamente añadir que casi todos los filósofos consideran a la ley de la causalidad como el principio más firmemente fundado, de más importancia y más alcance que todos los otros principios de la epistemología”. Él luego añadió:

La ley de la causalidad clama que para todo fenómeno observable (vamos a llamarle B) existe un segundo fenómeno A, tanto que la frase “B se deriva de A” es verdadera... No puede haber duda de que la ley de la causalidad en la formulación ya declarada está en acuerdo con todas nuestras experiencias propias y con aquellas que vienen a nuestro conocimiento en una manera u otra...nosotros podemos también declarar que en la vida práctica no existe casi una regla más útil y más fiable de conducta que el asumir que cualquier suceso que llegamos a conocer fue precedido por algún otro como su causa (1951, p. 160, énfasis en original).

El Dr. von Mises no está solo en su evaluación de la importancia de esta ley básica de la ciencia. Richard Taylor, escribiendo en The Encyclopedia of Philosophy (La Enciclopedia de Filosofía), sugirió:

Sin embargo, casi nunca es disputable que la idea de la causación no es solamente indispensable en los acontecimientos comunes de la vida sino también en toda ciencia aplicada. La jurisprudencia y la ley llegarían a ser bastante sin sentido si el hombre no tuviera el derecho de buscar las causas de los diversos eventos indeseados tales como las muertes violentas, los incendios, y los accidentes. Lo mismo es verdadero en tales áreas como la salud pública, la medicina, la planificación militar, y en efecto, en cada área de la vida (1967, p. 57).

LA CIENCIA Y LA LEY DE LA CAUSALIDAD

Aunque la ley de la causalidad cruza fronteras estrictamente científicas e impacta también todas las otras disciplinas, y aunque el principio de la causa y el efecto tiene implicaciones teológicas y/o metafísicas serias inherentemente, las implicaciones científicas que presenta están entre las más serias alguna vez descubiertas. Obviamente, si todo efecto material tiene una causa adecuada que le antecede, y si el Universo es un efecto material, entonces el Universo tiene una causa adecuada que le antecede. Este punto particular no ha sido pasado por alto por los eruditos. Por ejemplo, Robert Jastrow, el fundador y ex director del Instituto Goddard por los Estudios del Espacio en la NASA, escribió:

El Universo, y todo lo que ha pasado en éste desde el comienzo del tiempo, son un efecto grandioso sin una causa conocida. ¿Un efecto sin una causa? Ese no es el mundo de la ciencia; éste es un mundo de brujería, de eventos salvajes y de caprichos de demonios, y un mundo medieval que la ciencia ha tratado de desterrar. Como científicos, ¿qué debemos hacer de esta impresión? Yo no lo sé. Me gustaría solamente presentar la evidencia para el enunciado de que el Universo, y el hombre mismo, se originaron en un momento cuando el tiempo comenzó (1977, p. 21).

La ciencia no conoce nada acerca de efectos sin causas adecuadas antecedentes. Aunque el Universo, Jastrow admite, es un efecto tremendo—sin una causa conocida. Siglos de investigación nos han enseñado mucho acerca de las causas. Nosotros sabemos, por ejemplo, que las causas nunca ocurren posteriormente a su efecto. Como Taylor observó: “Los filósofos contemporáneos...sin embargo, han estado de acuerdo que las causas no ocurren después de sus efectos...se piensa generalmente que es simplemente parte del significado usual de ‘causa’ que una causa es algo temporalmente prior a, o a lo menos no subsiguiente a, su efecto” (1967, p. 59). Es en vano hablar de una causa que sigue a un efecto, o de un efecto que precede a una causa.

Nosotros también sabemos que el efecto nunca es cuantitativamente más grande que, o cualitativamente superior a, la causa. Es este conocimiento el que es responsable de nuestra formulación de la ley de la causalidad con estas palabras: “Todo efecto debe tener una causa adecuada que le anteceda”. El río no se tornó lodoso porque una rana saltó dentro, ni tampoco el libro cayó de la mesa porque una mosca reposó sobre él; estas no son causas adecuadas.

Entonces, poco sorprende que la ley de la causalidad tenga tales implicaciones serias en cada campo del esfuerzo—sea éste la ciencia, la metafísica, o la teología. El Universo está aquí. Alguna causa prior al Universo es responsable por su existencia. Esa causa debe ser más grande que, y superior a, el Universo mismo. Pero, como Jastrow anotó: “Los últimos resultados astronómicos indican que en algún punto del pasado la cadena de la causa y el efecto terminó abruptamente. Un evento importante ocurrió—el origen del mundo—para el cual no existe causa o explicación conocida” (1977, p. 27). Desde luego, cuando el Dr. Jastrow habla de “ninguna causa o explicación conocida”, él quiere decir que no existe causa o explicación natural conocida. Los científicos y filósofos igualmente están de acuerdo de que el Universo debe haber tenido una causa. Lo cierto es que, no existe causa natural suficiente para explicar el origen de la materia o el origen del Universo, como Jastrow cándidamente reconoció. No obstante, esto presenta un problema muy real. R.L. Wysong ha comentado sobre este asunto como sigue:

Todos concluyen naturalmente y cómodamente que los artículos altamente ordenados y diseñados (máquinas, casas, etc.) deben su existencia a un diseñador. Es innatural el concluir de otra manera. Pero la evolución nos pide romper el ritmo de lo que es natural creer y entonces creer en lo que es innatural, irrazonable, e...increíble. Se nos es dicho por algunos que toda realidad—el Universo, la vida, etc.—existe sin una causa inicial. Pero, ya que el universo opera por la relación de la causa y el efecto, ¿cómo puede ser argumentado de la ciencia—que es un estudio de ese mismo universo—que el universo no tiene una causa inicial? O, si el evolucionista cita una causa, él cita materia o energía eterna. Luego él habrá sugerido una causa mucho menor que el efecto. La base para esta desviación de lo que es natural y razonable creer no es el hecho, la observación, o la experiencia, sino extrapolaciones irrazonables de probabilidades abstractas, matemáticas, y filosofía (1976, p. 412, elipsis en original).

El Dr. Wysong luego presentó un caso histórico para documentar su punto. Algunos años atrás, los científicos fueron convocados a Gran Bretaña para estudiar, en la Llanura de Salisbury en Wiltshire, estructuras ordenadas de rocas y agujeros concéntricos. Este hallazgo llegó a ser conocido como Stonehenge. Mientras los estudios progresaban, llegó a ser aparente que estas estructuras habían sido diseñadas para permitir ciertas predicciones astronómicas. Las preguntas de cómo fueron movidas las rocas en su lugar, cómo esta gente antigua pudo construir un observatorio astronómico, cómo fue usada la información derivada de sus estudios, y muchas otras permanecen sin resolver. Pero una cosa es clara: la causa de Stonehenge fue el diseño inteligente.

Ahora, sugirió Wysong, compare Stonehenge (como un comentarista de televisión hizo) a la situación paralela del origen de la vida. Nosotros estudiamos la vida, observamos sus funciones, contemplamos sus complejidades (que desafía la duplicación incluso por hombres inteligentes con la metodología y tecnología más avanzada), y ¿qué debemos concluir? Stonehenge pudiera haber sido producido por la erosión de una montaña, o por fuerzas catastróficas naturales (como tornados o huracanes) trabajando en conjunción con meteoritos para producir formaciones de rocas y agujeros concéntricos. Pero ¿qué comentador de televisión, o practicante científico, consideraría tal idea? Y ¿qué persona con algún sentido común creería tal cosa? Aunque con la creación de la vida—el diseño intrincado de lo que hace parecer a Stonehenge como algo que un niño de tres años de edad armó en una tarde de sábado de lluvia torrencial usando bloques de construcción de Mattel (una compañía que fabrica juguetes—MP)—se nos pide que creamos que el Universo pueda ser explicado por procesos físicos accidentales sin ninguna dirección inteligente en absoluto. No es sorprende que el Dr. Wysong debería observar, con incomodidad obvia, que los evolucionistas nos piden que “rompamos el ritmo que es natural creer” en este aspecto. Ninguno sería convencido alguna vez que Stonehenge “pasó por casualidad”. Esa no es una causa adecuada, y todos reconocen esto. No obstante, se nos pide que creamos que la vida “solo pasó”. Tal conclusión es tanto injustificada e irrazonable. La causa no es adecuada para producir el efecto.

Es este entendimiento de las implicaciones de la ley de la causalidad que ha guiado a algunos a atentar desacreditarla. El escéptico más famoso en este respecto, el empírico británico David Hume, fue bien conocido por su antagonismo estridente a la idea de la causa y el efecto. No obstante, tan ferviente como Hume fue en su criticismo, él nunca fue tan lejos como para aseverar que la causa y el efecto no existían. Él simplemente sentía que no eran empíricamente verificables, sino provenían de consideraciones a priori. Él escribió en una carta a John Stewart: “Yo nunca aseveré tal Proposición absurda de que cualquier cosa puede surgir sin una Causa: Yo solamente sostuve que nuestra Certeza de la Falsedad de esa Proposición no procedía de la Intuición ni de la Demostración; sino de otra Fuente” (vea Greig, 1932, p. 187, énfasis y mayúsculas en original). Al final, aunque tan incrédulo total como Hume fue, no negaría la causa y el efecto.

Traten como puedan, los escépticos son incapaces de burlar esta ley básica. Otros argumentos como aquellos levantados por Hume han sido también establecidos. Por ejemplo, un argumento insiste en que el principio puede ser falso porque es inconsistente consigo mismo. El argumento declara algo como esto. La ley de la causa y el efecto declara que todo debe tener una causa. Entonces éste traza todas las cosas a una Primera Causa, donde repentinamente para. Pero ¿cómo puede esto consistentemente hacerlo de esta manera? ¿Por qué el principio de que todo necesita una causa repentinamente cesa de ser verdadero? ¿Por qué esta así-llamada Primera Causa de igual manera no necesita una causa? Si todo lo demás necesita una explicación o una causa, ¿por qué no necesita esta Primera Causa una explicación, o una causa? Y si esta Primera Causa no necesita explicación, entonces, ¿por qué las otras cosas necesitan una?

No obstante, tal queja no es una objeción válida en contra de la ley de la causalidad; en cambio es una objeción a un enunciado incorrecto de la ley. Si alguien diría simplemente, “Todo debe tener un causa”, entonces la objeción puede ser valida. Pero esto no es lo que la ley dice. Ésta declara simplemente que todo efecto material debe tener una causa. Como John H. Gerstner observó:

Ya que todo efecto debe tener una causa, debe existir finalmente una causa que no es un efecto sino una causa pura, o ¿cómo, efectivamente, uno puede explicar los efectos? Una causa que es en sí misma un efecto no explicaría nada sino requeriría otra explicación. Esa, a su vez, requeriría otra explicación, y hubiera una regresión infinita aburridísima. Pero el argumento ha demostrado que el universo como lo conocemos es un efecto y no puede ser auto-explicativo; éste requiere algo para explicarlo que no es, como sí mismo, un efecto. Debe existir una causa adecuada. Este punto sigue en pie (1967, p. 53).

En efecto, el punto sigue en pie. La ciencia y el sentido común así lo manda. Como Taylor anotó: “Sin embargo, si alguien profesa no encontrar diferencia entre la relación de una causa a su efecto, por una parte, y de un efecto a su causa, por otro parte, él aparentemente contradice el sentido común de la humanidad, ya que la diferencia parece perfectamente evidente a la mayoría de hombres” (1967, p. 66). Es refrescante, de vez en cuando, ver a los eruditos finalmente juntarse para apelar al “sentido común”, y a eso que es “perfectamente aparente a la mayoría de los hombres”. En el caso de la ley de la causalidad, es “perfectamente aparente” que todo efecto material debe tener una causa adecuada que le anteceda; el sentido común no demanda menos.

LA BIBLIA Y LA LEY DE LA CAUSALIDAD

La Biblia está llena de ejemplos de la causa y el efecto. Demostrando cómo razonar del efecto a la causa, el escritor de Hebreos declaró que “toda casa es hecha por alguno; pero el que hizo todas las cosas es Dios” (3:4). El sentido común dicta que una casa no se puede construir a sí misma. El físico George Davis correctamente anotó: “Ninguna cosa material se puede crear a sí misma” (1958, p. 71). Por ende la casa es un efecto, la cual debe haber tenido una causa a priori y adecuada—un constructor. En Romanos 1:20, el apóstol Pablo comentó sobre la evidencia de este mismo hecho concerniente al Universo y sus contenidos cuando escribió: “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa”. Pablo razonó correctamente del efecto a la causa, y quiso que sus lectores supieran que el Universo, como la casa, es un efecto y como tal, debe haber tenido una causa a prior y adecuada. Ya que el Universo exhibe diseño, éste debe haber tenido un Diseñador; ya que exhibe inteligencia, el Diseñador debe haber sido inteligente; ya que exhibe vida, el Diseñador debe haber estado viviendo; ya que exhibe moralidad, el Diseñador debe haber sido moral. Y así sucesivamente. El Diseñador es Dios, dijo Pablo, e incluso su “eterno poder y deidad” (i.e., la causa) son obvios “por medio de las cosas hechas” (i.e., el efecto). Simplemente no existe escapatoria de las implicaciones de la ley de la causalidad como la Biblia lo presenta.

El mismo Cristo razonó del efecto hacia la causa en el caso de la mujer quien apareció (sin invitación) en la casa de Simón el fariseo (Lucas 7:36-50). Esta mujer se acercó a Cristo, derramó lágrimas sobre Sus pies mientras los besaba, y luego gentilmente secó las lágrimas con su propio cabello. Desde luego, Simón se sorprendió; él casi no podía creer que el Señor permitiera ser tocado por tal mujer. Pero el Señor explicó que su conducta fue el resultado de que sus pecados le habían sido perdonados en una ocasión previa. Por ende, sus acciones (el efecto) apuntaban hacía la causa (perdón, y la gratitud que esto engendró). En casos numerosos el Señor empleó tal lógica para confundir a Sus enemigos y refutar sus conceptos falsos [vea Jackson (1989, 1990) para un tratado excelente sobre este tema].

Jesús declaró que si un árbol es bueno, éste producirá buen fruto, pero si es malo, producirá frutos malos (Mateo 7:17,18). Su punto fue este: Si alguien conoce la característica de la causa, los efectos resultantes son predecibles. Si Dios es bueno (Marcos 10:18), nosotros esperaríamos que lo que Dios produzca sea bueno (a lo menos en su estado original). Al final de la semana de la creación (Génesis 1:31), eso es exactamente lo que es declarado. Todo era “bueno en gran manera”. Por otra parte, Cristo anotó (Marcos 7:21) que un corazón corrupto (viz., pensamientos malos—la causa) dará como resultado tales atrocidades como fornicación, hurto, homicidio, y así sucesivamente (el efecto). Pablo de la misma manera observó que cuando “no hay temor de Dios” entre los hombres, uno puede esperar engaño, violencia, y miseria en general (Romanos 3:10-18). De hecho, Jesús habló de una parábola acerca de un juez que no temía a Dios ni respetaba a hombre. Entonces, no es sorprendente descubrir que el juez era “injusto” (Lucas 18:2,6), y como tal no tenía interés en la justicia verdadera. El efecto lógicamente se derivó de la causa.

CONCLUSIÓN

Aunque los críticos han despotricado en contra de, y los evolucionistas han ignorado, la ley de la causa y el efecto, ésta permanece inmovible. Su mensaje central permanece intacto: todo efecto material debe tener una causa adecuada que le anteceda. La vida en nuestro Universo magnífico está aquí; la inteligencia está aquí; la moralidad está aquí; el amor está aquí. ¿Cuál es su causa fundamental? Ya que el efecto nunca puede preceder, o ser mayor que la causa, esto invita a razonar que la Causa de la vida debe ser una Inteligencia viviente que en sí misma es tanto moral como amorosa. Cuando la Biblia registra, “En el principio creó Dios...”, ésta nos hace conocer exactamente tal Primera Causa.

REFERENCIAS

Davis, George E. (1958), “Scientific Revelations Point to a God,” The Evidence of God in an Expanding Universe, ed. John C. Monsma (New York: G.P. Putnam’s Sons).

Gerstner, John H. (1967), Reasons for Faith (Grand Rapids, MI: Baker).

Greig, J.Y.T., ed. (1932), Letters of David Hume (Oxford: Oxford UniversityPress), 1:187.

Jackson, Wayne (1989,1990), “Logic and the Bible” (Parts I & II), Christian Courier, 25:29-36, December/January.

Jastrow, Robert (1977), Until the Sun Dies (New York: W.W. Norton).

Meiklejohn, J.M.D., trans. (1878), Immanuel Kant, Critique of Pure Reason (London).

Stace, W.T. (1934), A Critical History of Greek Philosophy (London).

Taylor, Richard (1967), “Causation,” in The Encyclopedia of Philosophy, ed. Paul Edwards (New York: Macmillan), 2:56-66.

von Mises, Richard (1951), Positivism (New York: Dover).

Wysong, R.L. (1976), The Creation-Evolution Controversy (East Lansing, MI: Inquiry Press).



Derechos de autor © 2005 Apologetics Press, Inc. Todos los derechos están reservados.

Estamos complacidos de conceder permiso para que los artículos en la sección de "Ciencia y la Biblia" sean reproducidos en su totalidad, siempre y cuando las siguientes estipulaciones sean observadas: (1) Apologetics Press debe ser designada como la editorial original; (2) la página Web URL específica de Apologetics Press debe ser anotada; (3) el nombre del autor debe permanecer adjunto a los materiales; (4) cualquier referencia, notas al pie de página, o notas finales que acompañan al artículo deben ser incluidas a cualquier reproducción escrita del artículo; (5) las alteraciones de cualquier clase están estrictamente prohibidas (e.g., las fotografías, tablas, gráficos, citas, etc. deben ser reproducidos exactamente como aparecen en el original); (6) la adaptación del material escrito (e.g., publicar un artículo en varias partes) está permitida, siempre y cuando lo completo del material sea hecho disponible, sin editar, en una extensión de tiempo razonable; (7) los artículos, en totalidad o en parte, no deben ser ofrecidos en venta o incluidos en artículos para venta; y (8) los artículos no deben ser reproducidos en forma electrónica para exponerlos en páginas Web (aunque los enlaces a los artículos en la página Web de Apologetics Press están permitidos).

Para catálogos, muestras, o información adicional, contacte:

Apologetics Press
230 Landmark Drive
Montgomery, Alabama 36117
U.S.A.
Phone (334) 272-8558
http://www.apologeticspress.org




Web site engine code is Copyright © 2003 by PHP-Nuke. All Rights Reserved. PHP-Nuke is Free Software released under the GNU/GPL license.
Page Generation: 0.186 Seconds