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Apologetics Press :: Creación vs. Evolución

Fraudes en la Ciencia
por Wayne Jackson, M.A.
[English]
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Con un aura parecida a la de un culto, estos hombres y mujeres son considerados como los modelos de virtud en su comunidad intelectual. Son un sacerdocio, ataviados con vestidos blancos, manoseando tubos de ensayo y mirando a través de microscopios en un “lugar santísimo” sofisticado. Desde luego, estoy hablando de los científicos del siglo XXI. No se les debe cuestionar mientras pontifican asuntos que han desconcertado el intelecto por años. Sus teorías dogmáticas son sacrosantas, y nunca se debe sospechar de sus motivos. Aunque esta es una noción común en el mundo moderno, es completamente incorrecta. Aunque es verdad que hay varias personas honestas que trabajan en varios campos de la ciencia, también es justo señalar que ha habido, y probablemente continuará habiendo, algunos charlatanes reales en la comunidad científica. Por ejemplo, considere lo siguiente.

Recientemente decayeron las perspectivas exaltadas en cuanto a la objetividad en la ciencia y entre los científicos cuando la revista New Scientist reportó en su edición de noviembre de 1976 los resultados de una encuesta que condujo sobre el tema del “Fraude en la Ciencia”. De los 204 científicos que respondieron el cuestionario de la revista, 197 reportaron que estaban concientes del fraude de sus colegas. Ellos juzgaron que el 58% del fraude era intencional, y reportaron que solamente el 10% de los fraudulentos fueron despedidos; de hecho, la mayoría de ellos fueron promovidos (Koshy, 1977, p. 86).

Dos de los ejemplos más notorios de fraude científico proveen un caso de estudio interesante y valioso sobre este tema.

EL ENGAÑO DE LA RECAPITULACIÓN EMBRIONARIA

Ernst Heinrich Haeckel (1834-1919) fue un biólogo y filósofo alemán que afirmaba que todo el Universo (incluyendo la mente humana) era exclusivamente el resultado de procesos materiales—una máquina simple en acción. Él fue un seguidor devoto de Charles Darwin; de hecho, fue apodado “el apóstol del darvinismo en Alemania”.

Haeckel recibió mucho de su fama como consecuencia de su popularización de la así-llamada “teoría de la recapitulación embrionaria”. Esta es la noción ahora-muerta que las etapas sucesivas del desarrollo embrionario individual repiten las etapas evolutivas del ancestro animal de la persona. Como incluso los evolucionistas han admitido, el argumento es completamente fraudulento. Por ejemplo, el famoso evolucionista de Harvard, George Gaylord Simpson, escribió: “Ahora se ha establecido firmemente que la ontogenia [desarrollo del individuo—WJ] no repite la filogenia [desarrollo de la raza—WJ]” (1957, p. 352).

En cualquier caso, Haeckel promovió apasionadamente la teoría de la recapitulación, la cual denominó “la ley biogenética fundamental”. Y, como un escritor ha señalado,

[s]in embargo, para sostener esta teoría, Haeckel, cuyo conocimiento de embriología fue auto-enseñado, falsificó algo de su evidencia. No solamente alteró sus ilustraciones de los embriones, sino también imprimió la misma ilustración de un embrión tres veces, y clasificó a una como humana, a la segunda como perro y a la tercera como conejo “par mostrar su similitud” (Browden, 1977, p. 128).

El profesor L. Rutimeyer de la Universidad de Basle expuso a Haeckel. Cinco profesores le acusaron de fraude, y finalmente una corte universitaria le declaró culpable. Durante el proceso, Haeckel admitió que había alterado sus dibujos, pero buscó defenderse diciendo:

Debería sentirme completamente condenado y aniquilado por este reconocimiento, si no fuera que cientos de los mejores observadores y biólogos caen bajo la misma acusación. La gran mayoría de todos los diagramas morfológicos, anatómicos, histológicos y embrionarios no se parece a los de la naturaleza, sino es más o menos arreglada, esquematizada o reconstruida (citado en Bowden, 1977, p. 128).

Haeckel no solamente falsificó evidencia en sus propias ilustraciones, sino incluso “fue más allá como para alterar las ilustraciones de embriones que otros dibujaron. Un profesor, Arnold Bass, declaró que Haeckel había hecho cambios a algunas ilustraciones de embriones que (Bass) había dibujado. La respuesta de Haeckel a estas acusaciones fue que si se le debía acusar de falsificar ilustraciones, se debía acusar a muchos otros científicos prominentes de lo mismo...” (Davidheiser, 1969, p. 76).

El evolucionista H.H. Newman de la Universidad de Chicago dijo que los trabajos de Haeckel “causaron más daño que bien al darvinismo” (1932, p. 30). Pero a pesar del hecho que se probó que las ilustraciones de Haeckel fueron una vergüenza para el establecimiento evolutivo, todavía se las emplea en algunos escritos modernos como “prueba” de la fidelidad de la Teoría de la Evolución (e.g., vea Asimov, 1981, p. 83).

EL ENGAÑO DE PILTDOWN

En diciembre de 1912, Charles Dawson, un arqueólogo aficionado, y Don Arthur Smith-Woodward del Museo Británico de Historia Natural, anunciaron que habían descubierto un cráneo parecido al de un hombre en una cantera cerca de Piltdown, Inglaterra. Juntamente al cráneo había una mandíbula que parecía ser muy similar a la de un simio excepto por los dientes—que eran más planos, como en el caso de los humanos. Pierre Teilhard de Chardin, un sacerdote jesuita que buscaba incesantemente armonizar la evolución con el registro bíblico de la Creación, trabajaba con Dawson y Smith-Woodward.

Aunque algunos pocos científicos cuestionaron la relación del cráneo con la mandíbula, la mayoría de evolucionistas estaba convencida que Eanthropus dawsoni (o como se le conocía más comúnmente, “El Hombre de Piltdown”) era un enlace auténtico en la evolución humana. Se ha estimado que apareció algo de 500 publicaciones sobre este tema. No obstante, es curioso que los huesos se mantuvieran bajo seguridad estricta—incluso de los evolucionistas. Se permitió que Don Arthur Keith, una autoridad británica eminente en este campo, viera los fósiles por solamente 20 minutos, y se le forzó a trabajar desde ese momento con moldes de yeso de los originales (vea Weiner, 1955, p. 121). El famoso antropólogo, L.S.B. Leakey también se quejó porque se le negó el acceso a los fósiles (Leakey, 1960, p. vi.).

Para 1950 había llegado a estar disponible un método de datación (que usaba flúor) para asignar una edad relativa a los huesos fósiles. En 1953, después de una serie de pruebas, se determinó que el cráneo y mandíbula de Piltdown eran de tiempos completamente diferentes. El cráneo tenía unos pocos miles de años (no un millón como se alegaba anteriormente) y ¡la mandíbula era de un simio moderno! Como consecuencia de esta revelación alarmante, se comenzó un estudio cuidadoso de los huesos. Finalmente, se descubrió que se había lijado artificialmente los dientes para que parecieran humanos—y que había sido un trabajo no-profesional. Todavía eran evidentes las marcas de abrasión, las superficies habían sido aplanadas en ángulos diferentes, etc. Además, como resultado de pruebas químicas, se determinó que la mandíbula había sido teñida químicamente con bicromato de potasio y sales de hierro con el propósito de hacerla parecer antigua. Realmente se descubrió que el “fósil” era nada menos que una mandíbula de simio adherida a un cráneo humano. Ciertamente alguien había estado haciendo “monerías” (perdone el juego de palabras) con la evidencia.

Pero ¿quién fue el responsable de este fraude elaborado? S.J. Weiner de la Universidad de Oxford, quien contribuyó decisivamente en la exposición del fraude, sugirió (sin hacer ninguna acusación formal) que el peso de la evidencia apuntaba a la dirección de Dawson—aunque reconoció que tal vez Dawson mismo pudo haber sido una víctima de esta escena fraudulenta. Aunque sin hacer una acusación formal, el renombrado científico de las Naciones Unidas, A.E. Wilder-Smith, comentó:

Es sorprendentemente extraño que el Profesor Smith-Woodward permitiera que muy pocos científicos estudiaran el cráneo original o incluso lo tocaran. Siempre se hicieron moldes de yeso, y se realizaron los estudios con esta ayuda. Sin embargo, los moldes de yeso no proporcionan los detalles minuciosos para la investigación, ni se puede determinar por medio de ellos si el hallazgo es un fósil o no. Lo que es más importante, ¡nadie puede analizar un cráneo químicamente con solamente un molde de yeso! (1968, p. 133).

Más recientemente, en una investigación meticulosa de la información disponible, Malcolm Bowden concluyó que Teilhard de Chardin fue probablemente el culpable (1977). Ciertamente Teilhard tuvo el motivo porque, en cuanto a lo que le interesaba, todos los puntos de vista debían inclinarse ante la evolución, lo cual él consideraba como “la luz que iluminaba todos los hechos” (1963, p. 44). Él También tuvo la oportunidad, ya fue el “descubridor” de varios hallazgos falsificados. Adicionalmente, tenía la experiencia técnica para llevar a cavo un engaño elaborado. Había enseñado química (un conocimiento que era esencial para teñir los fósiles) en la Universidad de El Cairo.

No obstante, igualmente vergonzoso como la naturaleza fraudulenta del caso de Piltdown es el hecho que muchos de los principales expertos evolucionistas del mundo fueron engañados por más de 40 años. Los enunciados dogmáticos y radicales que se declararon con un aire de confianza absoluta requirieron finalmente retracción pública. Esta fue la preocupación en Inglaterra tanto que se hizo (y presentó) una proposición en la Cámara de los Comunes “que la Cámara no tiene confianza en la Administración del Museo Británico...a causa del retrazo de su descubrimiento que el cráneo del hombre de Piltdown es un engaño parcial” (vea Bowden, 1977, p. 8). Duane T. Gish sin duda expresó los sentimientos de muchos cuando escribió: “El éxito de este engaño monumental sirvió para demostrar que los científicos, así como cualquier otro, están muy propensos a encontrar lo que buscan, sea verdadero o falso” (1973, p. 92).

Hay una lección importante que muchos cristianos necesitan aprender de situaciones como estas. No existe necesidad de ser intimidados por los “descubrimientos” de un mundo incrédulo. Desde luego, no todos estos descubrimientos son fraudulentos, pero están sujetos a las interpretaciones que los descubridores les asignan. Por lo menos, esto debe motivarnos a actuar con precaución al aceptar las reclamaciones que los evolucionistas hacen de tiempo en tiempo.

REFERENCIAS

Asimov, Isaac (1981), “The Genesis War”, Science Digest, 89[9]:82-87, Octubre. [NOTA: Este es un debate escrito con el creacionista Duane T. Gish].

Bowden, Malcolm (1977), Ape-Men: Fact or Fallacy? (Bromley, England: Sovereign Publications).

Davidheiser, Bolton (1969), Evolution And Christian Faith (Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed).

de Chardin, Teilhard (1963), Saturday Evening Post, 12 de octubre.

Gish, Duane T. (1973), Evolution: The Fossils Say No! (San Diego, CA: Creation-Life Publishers).

Kosh, George (1977), A Challenge to Biology (Minneapolis, MN: Bible-Science Association).

Leakey, L.S.B. (1960), Adam’s Ancestors (New York: Harper & Brothers).

Simpson, George Gaylord (1957), Life: An Introduction to Biology (New York: Harcourt, Brace & Co.).

Weiner, S.J. (1955), The Piltdown Forgery (Oxford, England: Oxford University Press).

Wilder-Smith, A.E. (1968), Man’s Origin: Man’s Destiny (Wheaton, IL: Harold Shaw).



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