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Apologetics Press :: Dardos Bíblicos

La Misericordia y la Justicia de Dios
por Calleb Colley, M.L.A.
[English]
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Los escritores inspirados de la Biblia registraron una cantidad remarcable de material en cuanto a dos características de Dios: la misericordia y la justicia. A primera vista, estas dos cualidades parecen ser contradictorias. ¿Puede un Dios lleno de gracia y misericordia castigar a la gente?

Primero, observe una parte del registro bíblico de la misericordia de Dios. Justo después que los hijos de Israel cruzaron el Mar Rojo, Moisés les dirigió en una canción de adoración a Dios, la cual incluyó las siguientes palabras: “Condujiste en tu misericordia a este pueblo que redimiste; lo llevaste con tu poder a tu santa morada” (Éxodo 15:13, énfasis añadido). En el Nuevo Testamento aprendemos que a través de Jesucristo recibimos la misericordia de Dios (1 Timoteo 1:2; 1 Pedro 1:3).

Cuando revelaba los Diez Mandamientos a Moisés, Dios mismo proclamó Su misericordia y justicia divina:

No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano (Éxodo 20:4-7).

Así como la misericordia de Dios continúa existiendo, la justicia de Dios no está limitada al tiempo antiguo. Dios todavía es inflexible en cuanto a Su servicio y las consecuencias para la gente que escoge no servirle. Es interesante y asombroso estudiar los numerosos pasajes en los que se considera la venganza de Dios. Por ejemplo, Hebreos 10:30 registra: “Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo”. En Romanos 12:19, Pablo escribió: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”. Nuestro Dios perfecto no puede permitir que el pecado pase impune (vea Mateo 25:41; 2 Pedro 2:9). Dios siempre ha sido justo—por ejemplo, castigó a Adán, ya que el pecado tiene consecuencias (Génesis 2:17). Norman L. Bales observó acerca del castigo de Dios a Adán: “Si no lo hubiera hecho, nuestra relación con Él sería tan imprevisible como la relación que la gente pagana antigua imaginaba que tenía con sus numerosos dioses” (1989, p. 33). Podemos depender en el sistema ético de Dios porque Dios nunca ha tratado al justo y al impío de la misma manera (p. 34).

Muchos preguntan sinceramente: “¿Cómo puede permitir un Dios misericordioso que muchas almas se pierdan eternamente?”. Algunos concluyen que la misericordia y la justicia deben ser características divinas mutuamente excluyentes, y por consiguiente, Dios no puede ejercer justicia o ira ya que Su misericordia prevalece. Esta representación de Dios es errónea, ya que le considera como un abuelo benévolo que constantemente da regalos generosos, pero que es indeciso para disciplinar. En el trato divino con la humanidad, se presenta a la misericordia y a la justicia de Dios como dos características completamente armoniosas.

Si Dios es realmente bueno (y Él lo es), entonces no puede tolerar o pasar por alto lo malo. Él no pasó por alto el pecado de Adán (Génesis 3:17-19), Caín (Génesis 4:11-13), Saúl (1 Samuel 15:26) o David (2 Samuel 12:8-10), y Él ciertamente no pasará por alto el pecado en el mundo moderno. No obstante, Dios ha provisto misericordiosamente un medio para que los pecadores escapen de Su ira: Él sacrificó a Su Hijo puro y sin pecado. Cristo fue el único calificado para ser el sacrificio por el pecado, y ya que Él nunca pecó, Su sangre pura puede lavar nuestros pecados (Apocalipsis 1:5; Hebreos 13:20), permitiéndonos ser justificados delante de Dios en el Día del Juicio (Tito 3:5; Hebreos 10:19). Pero debemos tomar los pasos necesarios para aplicar esa sangre en nosotros (Romanos 6:3-4; Colosenses 2:12).

La justicia y misericordia de Dios no son opuestas. De hecho, nuestro Creador perfecto equilibra las dos cualidades extraordinariamente. Si esto no fuera cierto, el salmista no hubiera podido proclamar, “Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro” (Salmos 89:14, énfasis añadido).

REFERENCIAS

Bales, Norman L. (1989), How Do I Know I’m Saved?: A Study of God’s Grace (Nashville, TN: Gospel Advocate)

McCord, Hugo (1987), “The Mercy Seat”, Gospel Advocate, 128:527, 3 de septiembre.



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