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La Pena Capital y la Biblia
por Dave Miller, Ph.D.
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La Biblia es la Palabra de Dios. En sus páginas encontramos la sabiduría de Dios. Encontramos lo mejor para la raza humana—la manera en que Dios quiere que se administre la vida. ¿Cuál es el enfoque de Dios en cuanto a la pena capital? El Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento abordan este tema.

LA ENSEÑANZA DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Muy temprano en la historia humana, Dios decretó que los homicidas debían pagar su crimen con sus propias vidas: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre” (Génesis 9:6). Este estándar continuó en el periodo mosaico (cf. Números 35:33). De hecho, la ley que Dios dio a Moisés para gobernar a la nación israelita estipuló al menos dieciséis crímenes capitales. En dieciséis casos, se debía apelar a la pena de muerte. Las primeras cuatro se pueden clasificar en el aspecto de los asuntos civiles.

1. Bajo la Ley de Moisés, se requería la pena de muerte en casos de homicidio premeditado (Éxodo 21:12-14,22-23; Levítico 24:17; Números 35:16-21). Esta regulación incluso incluía la situación en la que dos hombres que pelearan, en el proceso, causaran la muerte de una espectadora o su bebé no-nacido. Esta regulación no incluía el homicidio accidental, a lo cual llamamos homicidio involuntario.

2. El secuestro era un crimen capital bajo el Antiguo Testamento (Éxodo 21:16; Deuteronomio 24:7). Una película que estaba basada en un incidente real, describía el secuestro de un niño de siete años mientras caminaba a casa de la escuela. El hombre que le robó le mantuvo por algo de siete años, abusando del niño emocionalmente y sexualmente. A la edad de quince años, el niño fue finalmente regresado a sus padres. Él era un niño diferente, y nunca sería el mismo otra vez. Dios no toleró tal cosa en el Antiguo Testamento, y muchas cosas similares cesarían en Norteamérica si estos crímenes se considerarían más seriamente.

3. Se podía aplicar la pena de muerte a la persona que hiriera o maldijera a sus padres (Éxodo 21:15-17; Levítico 20:9). Jesús aludió a este punto en Mateo 15:4 y Marcos 7:10.

4. Se castigaba con la muerte la rebeldía incorregible (Deuteronomio 17:12). Por ejemplo, los padres podían someter a las autoridades a su hijo testarudo, desobediente y rebelde, y éste sería apedreado hasta morir (Deuteronomio 21:18-21).

Los siguientes seis crímenes capitales se pueden calificar en el aspecto religioso.

5. El sacrificio a los dioses falsos era un crimen capital en el Antiguo Testamento (Éxodo 22:20).

6. La violación del día de reposo era un crimen capital en el Antiguo Testamento (Éxodo 35:2; Números 15:32-36).

7. La blasfemia o maldición de Dios garantizaba la pena de muerte (Levítico 24:10-16,23).

8. Se debía ejecutar al falso profeta, específicamente al que trataba de persuadir a la gente para cometer idolatría (Deuteronomio 13:1-11), así como a la gente que fuera influenciada en esta manera (Deuteronomio 13:12-18).

9. El sacrificio humano era un crimen capital (Levítico 20:2). Los israelitas fueron tentados a ofrecer a sus hijos a los dioses paganos falsos, como a Moloc. Pero Dios detestaba esta actividad.

10. La adivinación o la práctica de artes mágicas era un crimen capital. Por consiguiente, bajo la Ley de Moisés se debía castigar con la muerte a los brujos, hechiceros, encantadores, adivinos y espiritistas (Éxodo 22:18; Levítico 19:26,31; 20:27; Deuteronomio 18:9-14).

Los próximos seis crímenes tienen que ver con el aspecto sexual.

11. En el Antiguo Testamento se castigaba el adulterio con la muerte (Levítico 20:10-21; Deuteronomio 22:22). ¿Puede imaginar lo que pasaría en los Estados Unidos si se castigara el adulterio con la pena de muerte? ¡La mayor parte de Hollywood sería eliminada, también como una gran parte de la población!

12. el bestialismo, i.e., tener relaciones sexuales con un animal (Éxodo 22:19; Levítico 20:15-16) garantizaba la pena de muerte.

13. El incesto era una ofensa capital en el Antiguo Testamento (Levítico 18:6-17; 20:11-12,14).

14. La homosexualidad era un crimen capital (Levítico 18:22; 20:13).

15. El sexo prematrimonial traía como consecuencia la pena de muerte (Levítico 21:9; Deuteronomio 22:20-21).

16. La violación de una mujer comprometida o casada era un crimen capital en el Antiguo Testamento (Deuteronomio 22:25-27). ¡Otra vez, imagine lo que pasaría en los Estados Unidos si se castigara la violación con la pena de muerte! Se eliminaría una gran parte del trato moderno inescrupuloso en contra de las mujeres.

La pena capital se escribió en la voluntad de Dios para la nación judía en el Antiguo Testamento. La pena de muerte era una forma viable de castigo para al menos dieciséis ofensas distintas. Algunas personas han malentendido uno de los Diez Mandamientos que dice, “No matarás” (Éxodo 20:13). Ellos han asumido que la ley prohibía quitar la vida en cualquier circunstancia. Pero Dios requirió la pena de muerte para algo de dieciséis crímenes. Por tanto, el mandamiento hubiera sido traducido mejor, “No cometerás homicidio”. En otras palabras, el mandamiento era una prohibición en contra del ejercicio personal de la venganza, pasando por alto la ley. Pero Dios quería que las autoridades legales constituidas debidamente ejecutaran a los que quebrantaban la ley.

LA ENSEÑANZA DEL NUEVO TESTAMENTO

En el Nuevo Testamento, el cual es la voluntad de Dios para la humanidad después de la cruz, se aborda el asunto de la pena capital virtualmente de la misma manera. El Nuevo Testamento claramente enseña que la pena capital es la voluntad de Dios para la civilización humana. Por ejemplo, considere Romanos 13:1-4.

Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo.

Este pasaje claramente afirma que el estado—el gobierno civil—tiene la responsabilidad ordenada por Dios de mantener la ley y el orden, y proteger a los ciudadanos de los que practican lo malo. La palabra “espada” en este pasaje hace referencia a la pena capital. Dios quiere que la autoridad civil constituida debidamente aplique la pena capital a los ciudadanos que cometen crímenes que merecen la muerte. Por al menos los pasados cuarenta años, los norteamericanos han sido testigos de la decadencia en la imposición del sistema judicial y la ley. En la mayoría de casos, el gobierno no ha “llevado la espada”. En cambio, el sistema de prisión ha estado plagado de criminales incorregibles. La libertad condicional prematura ha llegado a ser común, y ha dado lugar a un número creciente de infractores de la ley.

El mismo apóstol Pablo articulo la actitud correcta cuando se presentó ante Festo y defendió sus acciones al declarar, “Porque si algún agravio, o cosa alguna digna de muerte he hecho, no rehúso morir” (Hechos 25:11). Pablo estaba reconociendo que el estado posee apropiadamente el poder de la vida y la muerte en la administración de la justicia civil.

Pedro también sostuvo la misma posición que Pablo. Él instó obediencia al gobierno que ha sido enviado por Dios “para castigo de los malhechores” (1 Pedro 2:14; cf. Tito 3:1). Jesús implicó la legitimidad de la pena capital cuando contó la Parábola de las Minas. Los que se rebelaron en contra del rey debían ser traídos y ejecutados en su presencia (Lucas 19:27). Compare esa parábola con la que Él contó acerca de los labradores malvados en Lucas 20:15-16, en la que indicó que el amo de la viña regresará para destruir a los labradores.

OBJECIONES POSIBLES

Los que se oponen a la pena capital presentan una variedad de objeciones para su legitimidad. Por ejemplo, alguien puede preguntar: “¿No enseñó Jesús que debemos volver la otra mejilla?”. Sí, Él lo hizo, en Mateo 5:39. Pero en el contexto, Él estaba recalcando a los judíos la necesidad de no comprometerse en venganzas personales. Se enfatiza el mismo punto en Romanos 12:14-21. Pablo dijo, “No paguéis a nadie mal por mal” y “No os venguéis vosotros mismos”. En otras palabras, los cristianos no deben tomar la ley en sus propias manos y comprometerse en represalias vengativas. Dios insiste en que la venganza le corresponde a Él.

Sin embargo, note que Romanos 13 continúa la secuencia de Romanos 12 y muestra cómo Dios realiza la venganza. Él emplea el gobierno civil como el instrumento para imponer la pena de muerte. Así que los ciudadanos no necesitan ocuparse en tácticas de vigilancia. Dios quiere que las autoridades legales castiguen a los criminales, y por ende protejan al resto de la sociedad.

Una segunda objeción de la pena capital tiene que ver con la mujer que fue sorprendida en adulterio. “¿No la exoneró Jesús y la dejó sin condenación?”. Ciertamente la historia de la mujer sorprendida en adulterio en Juan 8 ha sido empleada y aplicada mal más que quizás otro texto de la Escritura. Pero al estudiar este texto cuidadosamente podemos ver que se encuentra en armonía completa con el principio del castigo capital. Al menos cuatro circunstancias atenuantes requerían que Jesús dejara a la mujer sin condena.

Primero, la regulación mosaica declaraba que se podía ejecutar a una persona solamente si había dos o más testigos del crimen (Deuteronomio 19:15). Un testigo era insuficiente para invocar la pena de muerte (Deuteronomio 17:6). Se reportó que la mujer fue sorprendida en el mismo acto, pero no se dice nada de la identidad de los testigos. Tal vez sólo hubo uno.

Segundo, incluso si había dos o más testigos para verificar el pecado de la mujer, el Antiguo Testamento era igualmente explícito en cuanto al hecho que ambos, el hombre y la mujer debían ser ejecutados (Levítico 20:10; Deuteronomio 22:22). ¿Dónde estaba el hombre en esta ocasión? Obviamente, esta era una situación falsificada que no calzaba las precondiciones mosaicas para invocar la pena capital. La obediencia a la Ley de Moisés en este caso realmente significaba dejar ir a la mujer.

Un tercer punto que se debe considerar es el significado preciso de la frase “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Juan 8:7). Si se toma este enunciado como una prohibición general en contra de la pena capital, entonces este pasaje contradijera rotundamente Romanos 13. En cambio, lo que Jesús quería indicar es lo que Pablo intentó expresar cuando dijo, “tú que juzgas haces lo mismo” (Romanos 2:1). Jesús sabía que los acusadores de la mujer eran culpables de lo mismo por lo cual estaban dispuestos a condenarla. Él pudo remorder sus consciencias en cuanto a su culpabilidad al hacer que se dieran cuenta que Él sabía que eran culpables de lo mismo. La antigua ley clarificaba que los testigos del crimen debían arrojar las piedras (Deuteronomio 17:7). Jesús estaba enfatizando directamente el hecho que los acusadores de la mujer no eran idóneos para cumplir este rol.

Cuarto, la pena capital debía ser impuesta por una corte judicial constituida debidamente. Esta muchedumbre realmente estaba realizando una acción ilegal. Aunque era el Hijo de Dios, Jesús no hubiera interferido en la responsabilidad de las autoridades judiciales apropiadas. Recuerde que en una ocasión, cuando dos hermanos llegaron a Jesús y le pidieron que juzgara un conflicto de testamento, Jesús respondió: “Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?” (Lucas 12:14). Así que el esfuerzo de esta multitud en Juan 8 para engañar a Jesús no tenía justificación legal.

Jesús realmente manejó la situación adecuadamente, guardando el protocolo legal del Antiguo Testamento y de la ley civil romana. La mujer claramente violó la ley de Dios, y merecía la pena de muerte. Pero los prerrequisitos necesarios para pronunciar la ejecución no eran suficientes—lo cual fue precisamente lo que Jesús quiso decir cuando declaró, “Ni yo te condeno”. Ya que faltaban las estipulaciones legales que se necesitaban para establecer su culpabilidad, Él no podía anular la ley y condenarla. La acción de Jesús en esta ocasión no desacredita en absoluto la legitimidad de la pena capital.

Una tercera objeción que se ha levantado en un esfuerzo por desafiar la conveniencia de la pena capital es la insistencia de algunos que la pena de muerte no tiene ningún propósito útil—especialmente cuando se trata de disuadir a otros criminales de su curso de acción. Los que se oponen insisten, “la pena capital no es una fuerza disuasoria para el crimen”. Esta clase de pensamiento humanístico y mal informado ha prevalecido por más de 40 años. Se pudiera creer eso si no fuera que la Palabra de Dios nos informara lo contrario.

Incluso si la pena capital no sirviera como una fuerza disuasoria, todavía serviría al menos en otro propósito mundial: la eliminación social de esos elementos que persisten en el comportamiento destructivo. La Biblia enseña que algunas personas pueden insensibilizarse hasta llegar a una condición pecaminosa malvada. Pueden llegar a ser tan frías, crueles y malas que incluso la amenaza no les detiene. Pablo hizo referencia a aquellos cuyas consciencias han sido “cauterizadas” (1 Timoteo 4:2). Algunas personas son tan duras que son descritas como individuos que “perdieron toda sensibilidad” y que se dedican completamente a la maldad (Efesios 4:19). Dios invocó la pena de muerte en una generación completa porque su maldad “era mucha en la tierra” y “todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Génesis 6:5).

Así que el corazón y la mente humana se pueden apartar tanto de lo correcto, lo bueno y la verdad que una persona puede ser inalcanzable, incorregible e irremediable. La pena de muerte liberaría a los ciudadanos que se rigen a la ley de cualquier perpetración homicida y sufrimiento adicional que tales personas que tienen esa clase de comportamiento continuaran realizando. ¡Es horrible y absurdo que muchos norteamericanos hayan sufrido terriblemente en manos de criminales que ya habían sido encontrados culpables de crímenes previos, pero a quienes se les permitió salir libres y repetir su comportamiento criminal!

Así que si la pena capital no fuera una fuerza disuasoria, todavía sería una opción necesaria en la sociedad. Esta controlaría el crecimiento y aumento de criminales insensibles. Es importante hacer un estudio detallado de la expresión “así quitarás el mal de en medio de ti” (Deuteronomio 13:5; 17:7; 19:19; 21:21; 22:21; 1 Corintios 5:13).

Pero la Biblia enseña claramente que la aplicación del castigo penal, incluyendo la pena de muerte, es realmente una fuerza disuasoria. Por ejemplo, Dios quiso que se impusiera la pena de muerte a cualquier individuo (incluyendo a sus familiares) que intentara persuadir a otros a la idolatría. Se debía apedrear a esa persona hasta la muerte en la presencia de toda la nación con este propósito: “para que todo Israel oiga, y tema, y no vuelva a hacer en medio de ti cosa semejante a esta” (Deuteronomio 13:11).

Otro caso de esta lógica se ve en el pronunciamiento de muerte para el rebelde incorregible: “Y todo el pueblo oirá, y temerá, y no se ensoberbecerá” (Deuteronomio 17:13). Este principio se declaró otra vez cuando se instruyó a los judíos a tomar a un hijo rebelde y apedrearlo hasta la muerte: “todo Israel oirá, y temerá” (Deuteronomio 21:21).

Esta misma perspectiva se ilustra en el Nuevo Testamento. Pablo enfatizó que los ancianos en la iglesia que pecaban debían ser reprendidos públicamente “para que los demás también teman” (1 Timoteo 5:20). Ananías y Safira, una pareja cristiana en la iglesia antigua, fueron ejecutados divinamente en Hechos 5:10, y en el siguiente versículo, Lucas escribió: “Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas” (Hechos 5:11). Estos pasajes prueban que existe un enlace directo entre el castigo, la ejecución y el temor que inculca a los demás.

La Biblia también muestra el corolario de este principio. Donde hay castigo inadecuado, insuficiente y aplazado, el crimen y la violencia aumentan. Note Eclesiastés 8:11—“Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal”. Este fenómeno está ocurriendo ahora mismo en Norteamérica.

El sistema judicial está contaminado y tergiversado a tal punto que muchos casos no se procesan literalmente por años. Se proponen sentencias leves a criminales que han sido encontrados culpables de homicidios múltiples y otros crímenes atroces, mientras que a otros que merecen castigos menores se les sentencia exorbitantemente. El resultado es la burla del sistema judicial. Según la Biblia, esas circunstancias solo sirven para fomentar más desorden. La ciudadanía completa entonces comienza a tomar una actitud indisciplinada. Este principio es evidente en la expresión bíblica, “un poco de levadura leuda toda la masa” (1 Corintios 5:6).

Si se cree en la Biblia, el castigo capital es realmente una fuerza disuasoria para el comportamiento criminal. Es necesaria la eliminación de criminales endurecidos si las sociedades han de sobrevivir. Los valores liberales humanísticos que han prevalecido en Norteamérica por más de 40 años están afectando negativamente la nación; regresar al enfoque divino es la única esperanza si la nación ha de sobrevivir.

Una cuarta objeción que alguien puede levantar es que el castigo capital parece un paso bastante extremo ya que es tan cruel, barbárico y violento como la acción que el mismo criminal comete. ¿No es cierto que la pena capital sería recurrir a la misma clase de comportamiento del criminal? ¿Se puede considerar la pena capital como una venganza? La respuesta bíblica para esta pregunta se ve en las frases frecuentemente repetidas: “su sangre será sobre él” (Levítico 20:9,13,27; Deuteronomio 19:10; Ezequiel 18:13; 33:5) y “su sangre será sobre su cabeza” (Josué 2:19; 2 Samuel 1:16; Ezequiel 33:4; Hechos 18:6).

En realidad, los que realizan la pena de muerte son una tercera parte neutral. Ellos están simplemente llevando a cabo la voluntad de Dios al administrar justicia. El criminal está simplemente recibiendo lo que trajo sobre sí mismo—su castigo justo. La expresión “su sangre será sobre él” indica que Dios asigna la responsabilidad de la ejecución al que ha sido ejecutado. Es como cuando decimos a los niños: “Si pones tu mano en el fuego, te quemarás”. Existen consecuencias para nuestras acciones. Si no queremos ser ejecutados, no debemos cometer ningún acto que merezca la muerte. Si cometemos tales actos, hemos ganado la pena de muerte, y merecemos lo que hemos ganado. El que realiza el castigo no debe ser culpado o considerado responsable de la ejecución del culpable.

En vez de oponernos a los que promueven la pena capital, describiéndoles como ogros insensibles, indiferentes o bárbaros incomprensibles, duros e incivilizados, deberíamos emplear nuestros esfuerzos en enfocarnos en el comportamiento barbárico de los criminales que violan, saquean y roban. Se debería tomar en cuenta el comportamiento de ellos. Se debería centrar las lágrimas y la compasión en las víctimas inocentes y sus familiares. La inyección letal de un malhechor no se compara al sufrimiento violento e inhumano y la muerte que las victimas inocentes de un crimen experimentan. Ellos continúan sufriendo, mientras que el perpetrador continúa por muchos años, muchos procesos y muchas apelaciones antes que la justicia realice su servicio—si alguna vez lo hace. El Dios de la Biblia se indigna en frente de tales circunstancias. Ha llegado el tiempo de comenzar a escucharle cuando habla a través de Su Palabra inspirada.



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