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Apologetics Press :: Temas Doctrinales

La Edad de Responsabilidad
por Dave Miller, Ph.D.
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La enseñanza calvinista declara que todos los humanos han heredado una naturaleza espiritual corrupta debido al pecado de Adán en el Huerto del Edén. A causa de esta naturaleza estropeada y perversa, el corazón humano está inevitablemente engañado, y la naturaleza del hombre es mala. Esta doctrina es generalmente referida como “depravación total”. Los calvinistas insisten que la “[m]aldad pervierte cada facultad de su [del hombre—DM] alma y cada ámbito de su vida. Él no puede hacer una simple cosa que sea buena” (Palmer, 1972). Él no puede hacer, entender o desear lo bueno; “[l]a corrupción se extiende a cada parte del hombre, a su cuerpo y a su alma” (Steele y Thomas, 1963, énfasis en original).

El calvinismo además sostiene que, debido a esta depravación espiritual, los bebés nacen con una naturaleza corrupta. Por tanto, nacen depravados y, por definición, están en un estado “perdido”. La única manera en que los bebés pueden ser salvos es estando entre los elegidos—unos pocos predestinados a quienes Dios arbitrariamente decidió salvar mientras condenaba a todos los demás. Por ende, el libre albedrío no tiene lugar en el tema de la salvación. El calvinista sostiene que la gente no puede escoger recibir la salvación de Dios. Ellos están en una condición perdida debido a su naturaleza espiritual corrupta, y no tienen la habilidad de incluso desear la salvación, estando abandonados y sin poderla alcanzar.

Aunque se puede proponer varias líneas de argumentación bíblica para refutar el punto de vista calvinista concerniente a la depravación, una en particular merece ser enfatizada: la enseñanza bíblica concerniente a la condición espiritual de los niños. Hace mucho tiempo, el profeta Ezequiel, después de contrastar el comportamiento de un padre con su hijo, anotó claramente: “El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo” (18:20; cf. vss. 2-19). Jesús mismo demostró la condición espiritual segura de los niños cuando declaró: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3). ¡Los adultos deben volverse como niños si desean ser salvos! ¡Los niños no pueden ser depravados espiritualmente! Cristo sustentó esta declaración con una observación comparable: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos” (Mateo 19:14).

Ya que toda la gente es “linaje de Dios” (Hechos 17:29), los bebés llegan a este mundo inocentes y sin pecado. Esa es la razón por la cual Pablo, señalando que Dios predispuso traer al Cristo al mundo a través de Jacob en vez de Esaú, declaró que la decisión fue hecha antes del nacimiento de los niños: “pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal” (Romanos 9:11, énfasis añadido). Igualmente, Dios declaró que el Rey de Tiro, como cualquier otro, había llegado al mundo sin culpa, pero había llegado a depravarse debido a sus propias elecciones: “Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad” (Ezequiel 28:15). Si en la concepción Dios “forma el espíritu del hombre dentro de él” (Zacarías 12:1), ¿por qué alguien insistiría en que el espíritu del hombre es corrupto?

Esta conclusión también se deriva de la argumentación de Pablo en Romanos—un libro diseñado indiscutiblemente para exponer la premisa fundacional de la salvación disponible en Cristo a través del Evangelio. En el capítulo siete, Pablo contrasta la condición antes de la cruz del pecador con la disponibilidad después de la cruz de perdón completo. De hecho, la Ley de Moisés fue una ley muy buena. Esta fue escrita por Dios mismo. Esta fue diseñada específicamente para el bien continuo de la gente a la cual fue dirigida, i.e., de los israelitas (Deuteronomio 6:4; 10:13). Como toda ley de Dios, esta permitía que la gente reconociera al pecado como pecado (Romanos 3:20; 7:7). En resumen, la ley fue “santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Romanos 7:12). Sin embargo, la ley no tuvo (y no tiene) la habilidad de absolver a aquellos que violaban sus preceptos. Se necesita una fuerza externa, una que está por encima y más allá de la ley, para rectificar los efectos de las infracciones de la ley (i.e., el pecado). La Biblia se refiere a esta fuerza como “propiciación” (Romanos 3:25; 1 Juan 2:2; 4:10) o “expiación” (Hebreos 2:17). Desde luego, esta propiciación es la sangre de Jesús.

Cuando Pablo expuso estas realidades espirituales espectaculares, él impartió una verdad significante concerniente a la inocencia de los niños, i.e., su estado no-depravado. Pablo declaró: “Porque sin la ley el pecado está muerto” (Romanos 7:8). Él pretendió decir que antes que él llegará a estar sujeto a la ley, no era culpable de ningún pecado. Él continuó: “Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí” (Romanos 7:9). ¿Cuándo estuvo Pablo “vivo en un tiempo sin la ley”? El único tiempo en la vida de una persona cuando esta puede estar espiritualmente viva en la ausencia de la ley es antes que sea responsable, es decir, antes que sea un adulto consciente. Nadie está sujeto a la ley de Dios hasta que sea lo suficientemente maduro para entender y ser responsable por su comportamiento. Esta es la “edad de responsabilidad” a la cual muchos han hecho referencia durante los años. Pablo estaba diciendo que al tiempo que era un niño, estaba “vivo”, i.e., espiritualmente seguro. Pero cuando llegó a la adultez y tuvo que enfrentar las evaluaciones de la ley concernientes a la realización de sus decisiones, el pecado “revivió”, i.e., llegó a existir en su vida (vea Arndt y Gingrich, 1957, p. 53), “comenzó a vivir y a florecer” (Alford, 1852, 2:380), y él “murió”, i.e., llegó a estar espiritualmente muerto en pecado. Esta “edad de responsabilidad” no es localizada en la Escritura como una edad específica—por razones obvias: esta difiere naturalmente de persona a persona ya que depende en una variedad de factores sociales y ambientales. Los niños maduran en índices y edades diferentes mientras que sus espíritus son modelados, formados y moldeados por los padres, profesores y experiencias de la vida.

Es imperativo que cada persona de mente y edad responsables se de cuenta de la responsabilidad que existe. La cultura presente está caracterizada por una tendencia a evadir la responsabilidad de las acciones del hombre. Los quebrantadores de la ley culpan a los padres, genes y a la sociedad por sus acciones. Pero lo que la Biblia enseña es que cada ser humano responsable se presentará un día delante de Dios y dará cuenta por sus propias acciones. “Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo” y “cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Romanos 14:10,12).

REFERENCIAS

Alford, Henry (1852), Alford’s Greek Testament (Grand Rapids, MI: Baker, 1980 reprint).

Arndt, William y F.W. Gingrich (1957), A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature (Chicago, IL: University of Chicago Press).

Palmer, Edwin (1972), The Five Points of Calvinism (Grand Rapids, MI: Baker).

Steele, David y Curtis Thomas (1963), The Five Points of Calvinism (Grand Rapids, MI: Baker).



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